El próximo domingo los franciscanos bendecirán un nuevo mural en la iglesia de San Francisco
el Grande. Aquí la historia de la pintora, cuyas obras se exhiben en al menos una decena de iglesias.
Por: Claudia Palma
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Rosa María de Gámez comenzó a recibir clases de pintura después de que el último de sus cuatro hijos se fue a la universidad, hace poco más de dos décadas. Hoy, el último de sus 16 murales comenzará a instalarse en la iglesia San Francisco el Grande, en la capilla del Santísimo en Antigua Guatemala. En cada fresco resuena una denuncia social plagada de colores vivos. Cristos resucitados con rasgos occidentales emergen de campos de indígenas masacrados, o Inmaculadas descienden sobre frailes franciscanos asesinados durante el conflicto armado. “No podemos hacer a un lado nuestra memoria histórica”, dice Gámez, cuyos murales adornan los obispados y parroquias de Cahabón, Rabinal, Quiché y el templo de Santo Domingo, entre otros. Sin dejar de atribuir a la intervención divina la construcción del último mural que pintó en menos de tres meses, y que mide seis metros de largo por cinco de ancho, Gámez recibió el pedido de los padres franciscanos de plasmar la Resurrección, la victoria del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad. El resultado de trabajar diez horas diarias, de lunes a domingo, fue un Cristo que emerge de un río. El mural se divide en cuatro segmentos. La mitad en la parte inferior representa el dolor provocado por la pobreza, el trabajo infantil y la violencia. En la mitad superior la autora recreó un día de mercado, la felicidad de los niños al recibir agua potable y de otros quienes asisten a la escuela, además del típico vuelo de los barriletes gigantes el 1 de noviembre en Santiago Sacatepéquez. Improvisados andamios y escaleras debieron instalarse en el salón en el que años atrás sus hijos jugaban ping pong. Los cinco lienzos que conforman el mural debieron ser removidos entre cuatro personas. Fue necesario el salón parroquial de la iglesia cercana para colocarlos sobre el piso y poder retocar las uniones entre cada uno. Una capa de aceite selló el fresco, al que deberá colocarse barniz después de seis meses. Su trabajo es totalmente voluntario. “Lo único que pido a cambio son oraciones, muchas, eso sí”, dice entre risas la muralista. |
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