En el Salmo 24 se expresa: ¿Quién puede subir el monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón.
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En el Salmo 24 se expresa: ¿Quién puede subir el monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón.
La condición para llegar a Dios es amar a Dios y amar al prójimo. No verán a Dios los que odian, humillan y destruyen a su prójimo.
Por el contrario, quienes propugnan por la no violencia y viven con humildad y tolerancia entrarán al Reino de los Cielos.
Jesucristo dice: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11, 28-30).
El papa Benedicto XVI afirma que Jesucristo contrapone a las antiguas disposiciones de la Torá una nueva radicalidad de la justicia ante Dios: no solo no matar, sino salir al encuentro del hermano con el que se está enfrentado para buscar la reconciliación.
No más divorcios; no solo igualdad en el derecho (ojo por ojo, diente por diente), sino dejarse pegar sin devolver el golpe; amar no solo al prójimo, sino también al enemigo.
Estamos viviendo y padeciendo tiempos de violencia homicida, de profunda descomposición social, de imposición, de crueldad, de arrogante autosuficiencia, de cinismo y de injusticia. Sin embargo, Cristo promete consuelo a los afligidos y a los perseguidos el Reino de Dios.
Tengamos presente las palabras de San Pablo: Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados pero no abandonados; nos derriban pero no nos rematan (2 Co 4, 8-10).
Estamos angustiados, perturbados y acosados, pero no debemos caer en desesperanza. No debemos dejarnos llevar por la ira y la venganza, porque ello abate y destruye al ser humano por dentro. Aunque no esté en nuestras manos cambiar las cosas, debemos resistir pasivamente al sufrimiento con confianza plena en Dios. San Bernardo de Claraval decía: Dios no puede padecer, pero puede compadecerse.
Solo así nuestra aflicción será salvadora. El verdadero consuelo es vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor.
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