Al llegar a la frontera El Florido, una señorita uniformada de rojo se acercó a nuestra caravana. Nos dio la bienvenida, sonriente bajo el sol tropical, y entregó sendos paquetes de mapas y guías y revistas con información turística, cortesía del Instituto Nacional del Turismo hondureño. Parpadeo.
En Copán nos esperaba un Museo de Escultura Maya, una instalación moderna y aireada, con una colección de estelas y delicadas tallas en piedra que hacía comprensible y permitía apreciar el valor diferencial de esta pequeña pero exquisita ciudad del Clásico. Parpadeo, carraspera, comezón. Como guatemaltecos que siempre hemos prodigado sobre el resto de centroamericanos esa displicente superioridad del hermano mayor, experimentamos la grata pero incómoda sorpresa de encontrar que Honduras, el ninguneado del medio, había logrado ofrecer al visitante algo que no encontramos en ninguno de nuestros numerosos sitios arqueológicos.
Nuestro amoratado orgullo chapín celebró con alivio el lamentable estado de algunos trechos carreteros del país vecino y toleró con buen talante la amable desidia caribeña. Fiel a su perfil del mediano, de típico afán conciliador, el hondureño promedio tiene una forma desconcertante de otorgar al otro la razón en todo y dejarle así mudo de argumentos. De cualquier forma ¿quién se puede quejar frente al mar de un turquesa inverosímil de Roatán y la perspectiva de unos días de sol y descanso?
Al regresar por Corinto volvimos a tragar en seco al ver los edificios nuevos del puesto fronterizo de Honduras. En Guatemala, a unos diez kilómetros de la frontera, el burócrata de migración nos saludó desde una caseta de Pepsi. Dedujimos que se trataba de nuestro control migratorio pues alguien se había molestado en surcar el asfalto con lazos de barco para aminorar la marcha de los vehículos. Era Jueves Santo y en la radio escuchamos a la Selección perder en penales el partido contra el equipo hondureño.
1 comentarios: