En 2006 fui invitada por una comunidad q’eqchi’ de Izabal a agradecer el inicio de un nuevo año maya. No era mi primer viaje a esa región, pero me permitió enfrentar vicisitudes cotidianas. La comunidad envió al mejor lanchero a recogerme a Puerto Barrios, eran las 6:00 de la tarde y al subirme me preguntó si había hecho la travesía de noche. Le respondí que siempre había entrado y salido de día. Me entregó una capa y pidió que me sentara al centro. A la media hora empezó una lluvia que se convirtió en una tempestad que no cesó. Él hizo malabares para que la lancha no zozobrara.
A las dos horas llegamos al rancho donde me hospedaría. Dos tablas serían mi cama. Dejé mi mochila y empapados continuamos. En medio de la selva húmeda y oscura me esperaban los hermanos, con quienes caminé hasta el lugar de la celebración. Los presentes eran q’eqchi’es y la mitad estaban descalzos.
Luego de tres horas nos retiramos y seis tenues linternas conducían a más de 200 personas. El grupo donde quedé tenía una. A pesar de eso, un mal paso me hizo caer sobre una piedra. El compañero que me apoyaba con la traducción me levantó y me preguntó: “¿se golpeó?”, “Sí”, le dije y me dolió.
En esa madrugada, en medio de la selva, del sonido de la vegetación y de los animales, pensé que el golpe en mi cabeza no era tan doloroso como el sufrimiento de esas comunidades carentes de agua, desagües, luz eléctrica, caminos y medios de transporte. Hasta 1992 no había llegado la educación pública ni centros de salud. Aun hoy, el único hospital y el único centro de educación diversificada que existen los construyó y los sostiene la solidaridad internacional.
La pobreza es extrema en esas comunidades que emigraron de Alta Verapaz durante el siglo XX, al perder sus propiedades a partir del XIX, al quedar en manos de terratenientes inescrupulosos. Para 1950, en ese departamento, no existía un q’eqchi’ propietario de una sola finca comparado con un siglo atrás. Por eso emigraron. Creo que ante la incapacidad de someterse a la realidad de otros es cómodo escribir que el Estado de Derecho se cumpla.
Es fácil publicar que la Ley se aplique cuando se tienen tres tiempos de comida, servicios y privilegios de clase. Pero cuando los de abajo alzan su voz y piden que el mismo Estado de Derecho se aplique para ellos y que la justicia les alcance, se les acusa de cuanto delito aplica y se exige que se les castigue con todo el peso de la Ley.
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