Dice Mario Castañeda en una sátira a propósito de la Semana Santa: “Con una limosna compre su entrada al cielo, por supuesto, pensando en él (Dios), pidiéndole con sinceridad disculpas por sus pecados; y aunque él no se mueva o hable, usted sentirá plenamente la culpa de su muerte hace más de dos mil años. Si usted no puede colaborar hoy con la causa, ¡no se preocupe! Dios sabe las bondades e intenciones de su corazón. Con los tiempos que vivimos es mejor asegurar una morada en el cielo antes que los mareros lo dejen sin ella en la Tierra. ¡Compre su indulgencia! Y por favor, no deje de hacer la caridad. No se confunda, no se equivoque, más de quinientos años en el continente garantizan nuestra empresa”.
¿Para quién es el cielo? ¿A quién se le venden hoy las indulgencias? Entre aserrín y copal, incienso y jacaranda, falsos golpes de pecho, venta de veladoras, y el tique para el paraíso prometido, el pueblo llora arrepentido: “perdona a tu pueblo señor”.
Con la lupa sobre Cash Luna: más de 85 mil personas presentes en las “noches de gloria”, las iglesias evangélicas fundamentalistas crecen desenfrenadamente. “Casa de Dios” se desborda.
Carretera a El Salvador se volverá pronto escenario de la puesta en escena más exitosa del momento; el circo de los mercaderes de la religión.
El lente enfoca a la Iglesia católica: el dogmatismo de la temprana metaforización judeo-cristiana del árbol de la vida y su mítica serpiente, ofrecedora del conocimiento del “bien y del mal”, la “misión civilizatoria a través de la cristianización” en este paraíso perdido nos hizo líderes mundiales en forjar una sociedad clasista, racista e individualista; y por si esto fuera poco, la pantalla ideológica que ha legitimado un sistema de desigualdad durante siglos. Mantener al pueblo sumiso. Y la represión como forma de estar en el mundo. La paradoja de ser primerizos en el campo de estar a toda costa en una suerte de maniqueísmo católico barato, un movimiento pendular que nos divide en: “liberales-conservadores”, “comunistas-anticomunistas”, “buenos-malos”, “ladinos-indígenas”, “católicos-evangélicos”.
El anticomunismo de los sectores más conservadores no viene solo “porque los comunistas eran el anticristo” o por “haber vivido la época”. Por ejemplo, no es ningún secreto que entre Ayau y el emelenismo (MLN, partido ultraconservador que representaba al ala extremista de la oligarquía y de los militares) existían relaciones orgánicas, de partido, de proyecto histórico de la oligarquía. El Ejército fue el aparato que protegió los intereses de la oligarquía. ¿Sabría el partido del proyecto sanguinario de su defensor? Creo que sí. El discurso ortodoxo y conservador de los valores de la propiedad privada, de la familia y de la Iglesia católica se sigue promoviendo: “Dios, patria y libertad”.
Debiera darnos en qué pensar qué Dios, qué patria y qué libertad promulga esta ideología conservadora. No es la patria de todos, ni un Dios para todos. Tampoco es la libertad de la emancipación humana, es la de la libre empresa. La patria del criollo. Es una ideología impuesta, una religiosidad que, además de ser un instrumento de adoctrinamiento y un centro de censura represiva, es el opio del pueblo: para que no se cuestione sobre qué andamios se cimienta la organización social de quiénes somos y cómo nos relacionamos.
De ahí que a la reedición de la oligarquía junior le quede como anillo al dedo la canción de Silvio Rodríguez: “Busca amor con anillos, y papeles firmados…tú tenías precio puesto desde ayer… ¿qué diría Dios si amas sin la Iglesia y sin la Ley?, Dios que hace eternas las almas de los niños, Dios que destrozará las bombas y el napalm”. Siguen los cachurecos comprando indulgencias, sintiéndose culpables y haciendo sentir culpables a otros: “arrepiéntase que ya se acerca el juicio final”. “No coma carne en Viernes Santo, solo pescado”. Cargué su cruz, ahora en Semana Santa. Y regrese este lunes resucitado con un Dios que sabe que el cielo es de todos y para todos, aquí y ahora. No allí y entonces.
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