El pensamiento social sufrió una constricción brutal en las tres últimas décadas. Abandonó su enfoque holista y se concentró en parcelas disciplinarias aisladas. De manera que, por ejemplo, la economía se propuso como una esfera autónoma a la cual la democracia debía servir (¿qué tipo de democracia demanda la economía de mercado?) y no al revés (¿qué economía de mercado requiere la democracia, entendida como promesa civilizadora?). Por otro lado, hubo una concentración excesiva en la coyuntura –siempre frenética- y pocos esfuerzos de sistematizar tendencias generales.
Quizá la consecuencia más grave de esto haya sido el debilitamiento de la reflexión propia, sobre el devenir de la sociedad y la ausencia de propuestas comprehensivas para enfrentar y transformar las condiciones adversas. La academia, llamémosle progresista, reformista, en Centroamérica y en el hemisferio, está en deuda consigo misma y con sus sociedades. Eso se resiente, pues la región, en momentos críticos de la segunda mitad del Siglo XX, hizo aportes intelectuales notables y originales.
Raúl Prebisch y su escuela del desarrollismo, levantaron un paradigma que dejó profunda huella en la organización social. Teotonio Dos Santos y su teoría de la dependencia sostuvo, entre otras cosas, que el subdesarrollo no necesariamente es una condición para un proceso de desarrollo. José Carlos Mariátegui llevó en sus ensayos una aplicación novedosa del método marxista a la realidad peruana.
Esa tradición está volviendo como interpelación, desde la acción política, a la academia. Hay al menos dos vertientes que con distinto interés confluyen en la recuperación del Estado, la vuelta a un enfoque de análisis y planeación estratégicas, y el desarrollo social. Ya no se habla de ajustes ni reformas estructurales, sino de transparencia y desarrollo institucional; la crítica a los Estados fuertes quedó desplazada por la preocupación por los Estados débiles; la sustentabilidad de las reformas por la sustentabilidad de la democracia.
Es justamente la discusión sobre democracia lo que demandará a la academia un esfuerzo original de entenderla, criticarla, calificarla como producto histórico de las sociedades, no como modelo único importado. La emergencia de Latinoamérica es el ensanchamiento de modelos democráticos, no la polaridad democracia-dictadura. Y es que la idea menos democrática es asumir la existencia de solo un modelo de democracia.
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