La ley de Reconciliación Nacional, ley de Amnistía, fue propuesta al Congreso de la República durante la administración del presidente Arzú, justo antes de que se diera la firma de la paz.
Esta, al parecer, vino a constituirse en un requisito, sine qua non, para que esta pudiera producirse.
La evaluación sobre la necesidad de que se diera debieron de hacerla las autoridades que elegimos –diputados y Gobierno– y si estos optaron por hacer de aquel acuerdo entre las partes, una ley de la república, fue porque lo consideraron necesario.
¿Le gustaría que todavía existiese una guerra en Guatemala? ¿Le gustaría que se siguiesen produciendo asesinatos y secuestros por razones políticas? ¿Le gustaría que autoridades del Estado se siguiesen comportando como auténticos delincuentes, a la misma altura de los insurgentes e incluso superándolos?
¿Le gustaría que todavía existiesen guatemaltecos que quisieran la toma del poder por la vía de las armas y otros que estuviesen dispuestos a que se conservarse a cualquier costo?
Pues bien, para superar aquella etapa de nuestra historia, fue necesaria la amnistía. Eso, al menos, fue lo que decidieron las autoridades que elegimos y aquellas que, con estas, hicieron Gobierno.
Algunos insurgentes –rivalizando con las vírgenes y beatos– insistían en que no precisaban de amnistía alguna, puesto que sus asesinatos y secuestros no habían sido sino acciones legítimas de guerra, incluidas sus masacres, y también las había, autoridades del Estado, que tenían el mismísimo concepto ya que, al igual que aquellos, habrían actuado legítimamente cuando asesinaron, secuestraron y masacraron, defendiendo, como defendían, al Estado.
Para unos, todo quedaba justificado en pro de su intento de acceder al poder por la vía de las armas y, para otros, por su acción de impedirlo. Algunos entendieron que si no se daba la amnistía, habría de perseguirse a todos y que en esa persecución se haría imposible la convivencia que habría de intentarse, por lo que decidieron imponerle este costo –altísimo– a la paz que se pactaba: la no persecución de los delitos que se habían perpetrado.
La verdad de las cosas es que solo del diente al labio se hablaba de que no fuese innecesaria: ambas partes tenían necesidad de la amnistía y, en dos platos, sin esta, la paz, no se hubiese firmado.
Quienes tenían el poder no estaban dispuestos a que la paz significase que habrían de pasar en prisión el resto de sus días y tampoco lo estaban los que quisieron alcanzarlo. Paz y amnistía fueron, pues, inseparables: se tomaban o se dejaban, juntas. Así de claro… una decisión cruel, pero necesaria… ¿usted qué opina?
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6 comentarios:
Luis Armando Sosa: (2008-03-27 19:00:23 horas)
Si se dio la amnistía, debe respetarse. Por otro lado, la firma de la paz hubiera sido imposible sin la amnistía.
Lucy de Rego: (2008-03-27 17:21:18 horas)
Con amnistía o sin amnistía, de todos modos no le hubieran hecho nada a nadie. En Guatemala ningún crimen se castiga. Punto. El debate es sano.
María Ercilia Gómez: (2008-03-27 17:15:14 horas)
Sin amnistía no se hubiera firmado la paz. ¿ La hubieran firmado los Comandantes guerrilleros? ¿De la firma al bote?
Jorge Raul Porras: (2008-03-27 14:25:05 horas)
Debió darse el castigo de todos. La historia sin castigo puede volver a repetirse.
Alba Suárez: (2008-03-27 14:21:08 horas)
La serie es fuerte, pero necesaria. Muchos no quieren entender lo que pasó y es importante que lo entiendan.
Roberto Penedo: (2008-03-27 14:19:38 horas)
Un artículo magistral e irrefutable. Felicitaciones, licenciado Valladares. ¡Esta haciendo historia, obligando a pensar a quienes se resisten a hacerlo!
6 comentarios: