La jornada del VII Festival Internacional de Jazz concluyó. Ya antes había apuntado sobre el desenvolvimiento de Francia, México, Italia y Guatemala.
Jorge Sierra/Mondo Sonoro
La jornada del VII Festival Internacional de Jazz concluyó. Ya antes había apuntado sobre el desenvolvimiento de Francia, México, Italia y Guatemala. Y ahora quiero concluir con lo ofrecido por El Salvador, Estados Unidos, España y Costa Rica.
Martes 8:30, que actuó el sábado 8, planteó un concierto con grandes ventajas y estupendos resultados. Y gracias a cuatro ingredientes: sonido y arreglos modernos, material combinado, técnica y aplomo escénico. Por supuesto, las mejores bazas de la banda descansaron en el saxofonista salvadoreño Víctor Tomasino, el guitarrista German Giordano y en el pianista venezolano Alejandro Campos. La participación de Gloria Cáceres no tuvo esa temperatura pop y ajazzada requerida, pero aun así no dejó de ser el mejor concierto del festival.
El miércoles 12 le llegó el turno al dueto Sherman Bernard al piano y Lance Matthew Ellis al saxofón, ambos de Estados Unidos. Un material sembrado del jazz vibrante de Nueva Orleáns, capaz de entusiasmar al respetable. Bernard es quien más afilado tiene el colmillo de los dos. A Matthew, su saxofón le pedía arrojo y energía, pero él respondía con estrechez y control. El repertorio mezclado con cajun, soul y blues, sedujo y pudo llevar alegría a caderas y pies.
El jueves 13 le tocó actuar al trompetista español Jordi Albert, quien pretendió rendir tributo a Chet Baker. El deseo fue bueno, pero el resultado no. Fue algo así como dibujos hechos con aire, líneas de agua, porque esa cadencia, esa dinámica jazzística en su instrumento no estuvieron. Había un trompetista clásico, deseoso de tocar jazz, eso sí. El solo de piano en Andra, del guatemalteco Víctor Arriaza, tuvo mayor realce que mucho de lo que Albert pretendió en toda la velada.
Y la jornada la cerró Pelacats, del tecladista Pablo León. En búsqueda de ofrecer música original en clave de jazz fusión, uno descubre composiciones intrincadas y abrumadoras, con la agravante de contar con un pianista de pobre técnica, carente del nivel y del talante de sus compañeros, el guitarrista Alejandro Erdmenger o el batería Fernando Martín. Lástima, fue un cierre sin las virtudes capitales del jazz.
En fin, esta edición del festival mejoró en expositores y en su promoción, así pudo cautivar a un mayor número de público. Y, de paso, consiguió darle un lugar merecido y necesario al jazz en este país. Hasta la próxima edición.
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