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Cuando volver es peor que irse

Abrir camino de cero resulta más difícil cuando todavía se tiene el sabor del “american dream” en los labios. Los deportados se enfrentan a los mismos problemas que antes les hicieron huir.

Por: Marta Sandoval

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EP
Foto: Walter Peña Para Mayra regresar fue más difícil que irse. De vuelta le esperaba el desempleo y las deudas.
Nunca antes los había visto, pero los reconoció de inmediato. “Esto se acabó”, pensó y dudó un segundo si salir corriendo o esconderse, pero ya nada se podía hacer, “aquí se terminó mi American dream” se dijo resignada. Eran agentes de la migra, que pasaban uno a uno revisando los documentos de los pasajeros del bus. Recién terminaba el invierno en Los Ángeles y Mayra intuía que las cosas empezarían a mejorar, pero cuando el policía le pidió su tarjeta de residente se dio cuenta que el invierno en realidad comenzaba. Mayra es una de las 23 mil personas que Estados Unidos envió en 2007 de vuelta a casa.

El regreso para Mayra fue mucho más difícil que la llegada a Estados Unidos. Ni el trajín por el desierto resultó tan complicado. “Fue una pesadilla”, dice mientras se pasa la mano por la frente perlada de sudor. Su cara morena y redonda exhibe unos ojos rasgados que están a punto de llorar, pero ella eleva las pupilas, como si así las lágrimas se arrepintieran de seguir su camino. “Yo no soy una criminal, solo quería trabajar”; pero no pudo trabajar mucho tiempo. Seis meses, menos de mil dólares enviados a casa y 45 días en prisión. Mayra saca sus cuentas en números rojos.

De vuelta en Guatemala, no hubo tiempo para asimilar las cosas o curar las heridas. Al día siguiente empezó a vender panes en un esquina de la zona 10 como lo había hecho años atrás. Logró alquilar un pequeño cuarto, un espacio de no más de 20 metros cuadrados donde conviven a empujones un sillón, una estufa, una mesa y tres camas. Ahora, sus días empiezan a las 4:00 de la mañana y no terminan nunca. La historia es más o menos la misma para casi todos los deportados.

Llegan a la Fuerza Aérea en aviones blancos. Lo primero que ven de Guatemala es un largo salón de muros blancos y pisos lustrosos. En la pared un cartel gigante les grita “Bienvenidos, Guatemala es tu tierra”. Personal del Ministerio de Relaciones Exteriores les entrega una bolsa con un pan, una galleta y un jugo. Algunos la abren de inmediato y comen con desgano, otros prefieren guardarla previendo el largo camino a sus pueblos. En el tiempo que esperan pueden hacer una llamada, apuntarse en la base de datos del Ministerio de Trabajo o denunciar si sufrieron malos tratos. De ahí en adelante tendrán que buscarse la vida solos.

“Es un cambio de la noche a la mañana”, cuenta Pedro*, que se considera, a pesar de todo, un afortunado. Él llegó en un vuelo comercial y a diferencia de los demás, pudo traer una maleta. Pero lo realmente difícil fue volver a Jalapa, donde a sus 31 años le recibió el hogar materno. “Venía mal de los nervios”, recuerda. Trabajó siete años legalmente en Boston, pero en 2006 su permiso ya no se renovó. Lo único que recibió fue una carta de deportación que le daba 60 días para abandonar el país. No lo hizo, y una tarde, la Policía irrumpió en su casa y no hubo vuelta atrás.

Lo que más echa en falta de la vida en Estados Unidos es la “facilidad con la que se encuentra trabajo”, asegura y confiesa que en Guatemala ya ha aplicado “hasta en las cantinas”. Su título de perito contador y su inglés fluido no sirvieron de trampolín, como esperaba.

De los 23 mil guatemaltecos que llegaron deportados en 2007, la Oficina de Empleo al Migrante, del Ministerio de Trabajo, solo logró ubicar a 210 en plazas estables. Los demás pueden estar en el sector informal, haber encontrado trabajo por su cuenta o, incluso, estar en Estados Unidos de nuevo. “A veces cuando registramos a una persona nos damos cuenta que ya estaba ingresada. Era la segunda o tercera vez que la deportaban”, cuenta Mynor Camey, encargado de la oficina.

“Guatemala no puede ofrecer oportunidades de empleo ni siquiera parecidas a las que tenían en Estados Unidos”, explica Luis Linares, analista de Asies. “El que regresa, pasa de enviar dinero a convertirse en una carga para la familia”.

Volver a un lugar desconocido

José* retornó a un país que no estaba en su memoria. Todo para él era una estampa nueva. Antes de salir de la Florida, su madre le anotó en un papel la dirección de la casa de su abuela. Fue a buscarla, sin siquiera imaginar cómo sería su rostro. La había visto por última vez cuando tenía 4 años, antes de irse junto a sus padres a Miami y ahora la conocería al mismo tiempo que el sitio en el que nació.

Una visita a la fuerza, un paisaje que sus ojos no querían ver.

Después de dos décadas en Estados Unidos su vida estaba ya hecha. “Todo aquí es tan distinto”, dice y se recuerda desorientado preguntando en la calle cómo llegar a Huehuetenango. Se aburría horrores en casa de la abuela. “Yo soy un hombre de ciudad”, asevera y por eso el campo, la milpa y los animales domésticos le crispaban los nervios. Decidió viajar a la capital y empezar de cero.

Hace poco más de un año que regresó y las cosas no parecen mejorar. Trabajó como chofer de un bus turístico, pero la plaza no le duro más de tres meses.

Ahora se dedica a repartir su currículo como volantes de oferta. “Terminé el high school, sé hablar, leer y escribir en inglés”, se promociona. “Puedo empezar a trabajar mañana”. Lleva prisa porque desde noviembre está desempleado y “tengo que pagar muchos bills…”, explica mientras aprieta los párpados, arruga la nariz y mira hacía dentro de su cabeza en busca de la palabra en español, “…los recibos”, la encuentra tres segundos después. Pero el apuro es también porque muy pronto nacerá su hijo. Si algo le salió bien en su retorno, asegura, fue que encontró a una buena mujer y está a punto de ser padre a los 24 años. Salió de Estados Unidos dejando una vida de pagar impuestos, planes para entrar a la universidad y un muy bien remunerado empleo en la construcción. “Me deportaron porque tuve un problema…”, guarda silencio, solo para tomar valor y atreverse a confesar, “cometí un delito, pues”.
Volver en inglés

Fuera de la sala de recepción de la Fuerza Aérea, los migrantes encuentran un pequeño stand de Transactel, una empresa que se dedica a administrar call centers, estaciones a donde los clientes de empresas estadounidenses llaman para pedir información. “Los deportados traen un buen nivel de inglés que es lo que nosotros necesitamos”, dice Walter Roulet, gerente de Reclutamiento. “El problema es que no tienen los computer skills (habilidades en computación)”. Por ello han creado un programa que se llama Transactel University, donde se imparten cursos de computación. El sueldo puede llegar a los Q3 mil 500. Actualmente, la empresa tiene en planilla a 45 retornados. “La gente deportada nos ha dado muy buenos resultados. Son personas que vienen de un país que tiene la cultura de trabajo. Aquí la gente quiere ganar bien, pero no quiere trabajar”, cuenta Roulet.

Las deportaciones han aumentado. En 2005 llegaron 11 mil 25 deportados; en 2006, 18 mil 305; y el año pasado, 23 mil 63. Al finalizar 2008 el número podría batir un récord. La Cancillería intenta evitarlo. “Ya hablamos con el embajador y con una funcionaria del Departamento de Estado y la promesa es tratar de flexibilizar la situación”, asegura el viceministro de exteriores, Miguel Ángel Ibarra.

El ex embajador en México y actual asesor del viceministro, Rómulo Caballeros, se muestra optimista con el cambio de Gobierno estadounidense. “El candidato republicano fue parte del grupo que propuso la reforma integral migratoria. Y por el lado demócrata hay dos candidatos muy sui géneris que pueden ser una buena oportunidad. La señora Clinton tendrá la sensibilidad de la discriminación de género y el señor Obama tendrá también algún sentimiento en torno a la discriminación”.

Volver solo

La primera vez que Elvin subió a un avión estaba rodeado de personas con gesto apático, triste y desconsolador. Había pocas palabras entre los pasajeros. Nadie llevaba equipaje, ni una bolsa, ni un objeto, ni siquiera correas en los zapatos que se mantenían en su sitio a fuerza de apretar el pie contra el suelo. Elvin, además de los nervios característicos de un primer vuelo, tenía el estómago revuelto y la cabeza caliente. Pensó que al aterrizar vería a su esposa, con la que intentó cruzar la frontera y que detuvieron junto a él. Pero ella no estaba allí.

Han pasado ya casi dos meses desde que volvió y todavía no ha podido detenerse a aventurar su futuro. A pensar en un trabajo o a idear la forma de comprar las medicinas que necesita su hija asmática. En estos días su mente sigue en Estados Unidos. No logra apartar su atención de ese país porque fue allí la última vez que vio a su esposa. Llamadas insistentes al consulado y la cárcel no le han dado repuestas. “Solo quiero que vuelva”, se repite mientras trata de disimular frente a los niños que rondan cerca. El matrimonio dejó en Guatemala a sus dos hijos menores, de 14 y 12 años, al cuidado de la mayor, que tiene 16 y es madre de un bebé de 3 meses.

Para esos casos, en los que uno de los miembros de la familia se queda, Relaciones Exteriores ofrece tutoría legal gratuita. “Aquí se inicia el proceso, para ver si se puede pelear”, explica Pablo García, del Centro de Atención al Migrante, una entidad que además ofrece a los migrantes y familiares, Internet gratuito y videoconferencias a US$20 la hora.

Linares, piensa que si las deportaciones siguen, Guatemala podría entrar en crisis en un mediano plazo. El reto es conseguir que en el país se generen las oportunidades de empleo y el clima de inversión que permita acoger a quienes llegan y frenar a los que se van. “Lo han logrado otros países”, enfatiza. “El ejemplo es España. En menos de una generación pasó de emisor de migrantes a receptor”, cuenta. “Ya que no tenemos la ventaja de un hermano mayor como fue la Comunidad Europea para España, hay que suplir eso a través de mayor solidaridad, de integración centroamericana. Aunque no haya una locomotora como Alemania, es peor que sigamos divididos”.

Para Mayra volver fue difícil no solo por la falta de dinero, sino por el trauma que le causó estar en la cárcel. “No podía dormir en la misma cama que mis hijos, porque me imaginaba que me miraban encadenada como me tenían allá”, dice mientras busca con la mirada a Teo, el menor, que juega en el suelo. Nadie le ofreció ayuda psicológica, ni de ningún tipo.

Estados Unidos era la última opción en la lista de posibilidades de Mayra. Con tres niños menores de 11 años, uno de ellos discapacitado, su presencia era fundamental en Guatemala. Pero ya se había cansado de intentarlo todo. Seis años atrás, unos delincuentes mataron a su esposo al asaltar la carnicería que tenían en la colonia 4 de Febrero.

Mayra estaba sola y preocupada. Así que tachó todas sus demás opciones, vendió el negocio y pagó un coyote. “En la medida en que Estados Unidos no quiera que sigamos exportando gente, tienen que tener una actitud más solidaria y más comprensiva en las relaciones comerciales, que sean menos asimétricas de lo que son ahora”, comenta Linares.

Teo da tres pasos tratando de mantener los pies erguidos, pero resbala y gatea a toda prisa rumbo a los brazos de su madre. Mayra sube al pequeño de piernas sucias a la cama. Volver es difícil, pero “uno siempre encuentra la manera de salir adelante”, reflexiona mientras se ata el cabello y busca una bolsa para el pan. Se seca las mejillas y sonríe. “A este niño nadie lo va a querer como lo quiero yo”. Es hora de empezar a preparar los desayunos que venderá mañana. *Nombres ficticios
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5 comentarios:

  1. Marta Sandoval:        (2008-04-01 19:07:30 horas )
    Estimado Estuardo Rivera,

    Si quiere ayudar a la señora Mayra puede escribirme a sandovalmariamarta@hotmail.com y yo le facilitaré los datos de ella.

    Gracias
  2. Estuardo Rivera:        (2008-04-01 14:30:34 horas )
    Jose Calderon:<BR><BR>Vive usted es Suecia?<BR>De lo contrario lo unico que tiene que hacer es asomarse por la ventana para ver la pobreza en la que se encuentra Guatemala. Gracias a los politicos ladrones y empresarios corruptos que pagan sueldos de hambre en nuestro pais no hay oportunidades. <BR>Le propongo que usted y yo ayudemos a esta señora para que le pueda ofrecer algo mejor a su hijo minusvalido. <BR>Se anima?? comenteselo a sus amistades, quiza podemos camviar la vida de esta familia!!<BR><BR>Señores Redaccion:<BR><BR>FAVOR INDICAR COMO SE LE PUEDE AYUDAR MONETARIAMENTE A LA SRA.<BR>MAYRA.<BR><BR>Gracias,<BR><BR>Estuardo <BR><BR>
  3. Santiago Coronado Corado:        (2008-03-31 13:11:50 horas )
    Totalmente de acuerdo con usted señor PInales. Y personas como José Calderon que quizá nunca en su vida han sentido hambre o sed que demonios pueden saber sobre este tema. Y personas como el no solo enferman, dan asco.
  4. DANILO PINALES:        (2008-03-30 20:19:52 horas )
    Jose A. Calderon:

    Deje le comento con peritas y manzanitas como funciona esto.

    El que viene aqui a Estados Unidos de manera ilegal por tierra no paga ni $15 o $20 mil, paga por regular entre 5-6 mil dolares, eso para empezar.

    Luego dependiendo de la confianza que le tenga el pollero o coyote, al "cliente" le da un plazo para pagar esa deuda que incluso llega a ser hasta de 6-12 meses.

    Trabajando como burro hasta 60 horas a la semana llega a "ahorrar" despues de pagar sus gastos de alimentacion, bus, renta del apartamento casi unos $1000 al mes, mismo dinero en 6-8 meses llega a pagarle al coyote, como se asegura el coyote de que se cobrara el dinero? deja de garantia a su familia, si no paga pues se la cobran.

    Usted cree que alguien es tan estupido de pagar $15-20 mil y venir aqui a USA y no usar ese dinero para un negocio.

    La mayoria de gente que conozco VIENE porque el hambre aprieta amigo y detrasde un escritorio y tener un buen trabajo no le aclara el panorama que le trato de explicar, la gente esta harta de ganar Q50 al dia y medio sobrevivir, cuando pueden venir aqui y ganar Q450 al dia.

    Personas como usted me enferman.

    DANILOPINALES@YAHOO.COM
  5. Jose A. Calderòn :        (2008-03-30 15:31:47 horas )
    El reportaje daba para mucho màs, pero se entienden las limitaciones del gènero periodìstico. Una de tantas preguntas: Còmo alguien que invierta de $15 a 20 mil dòlares para irse ilegal, no invierte eso en un negocio?
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