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Durante la Semana Santa desapareció el Neige, nuestro gato. Volvimos del asueto a encontrar a los zanates festinando con el concentrado. Con los días nos llegó el rumor que algún vecino del condominio, molesto por los afanes peregrinos del animal y sus andares soberanos sobre tapias y tejados, había decidido acabar con la sinuosa sombra blanca. Darle bocado, pues. No me cupo duda. Hay algo en los modos displicentes y aristocráticos del felino que hace saltar los resortes del acomplejado guatemalteco. Su odio latente hacia todo aquello que no anda por la vida rastrero y mendicante. El bocado es una institución chapina con la cual se zanja conflictos de convivencia. Aquí no existen instancias para resolver las inevitables fricciones entre vecinos, y si las hay, nadie las emplea. ¿Para qué tomarse la molestia (o el riesgo) de hacer incómodos reclamos o de buscar una engorrosa mediación si con el veneno se pueden acallar los irritantes aullidos del perro a medianoche, impedir la invasión de un cerdo a nuestro solar o acabar de un solo con la incordia de un gato intruso? Dar bocado es un crimen con saña. El acto cruel y rencoroso de un individuo que hace así pagar a otros su impotencia y frustración ante una afrenta, sea dicho, a su justo derecho a un sueño tranquilo o un espacio libre de intromisiones. Y aquí no pasó nada. Los hechos más siniestros suelen suceder así, en medio de un violento silencio. Pero el bocado emponzoña más que al animal. Mis hijos han llorado la desaparición extrajudicial de su mascota y ahora ven con suspicacia y recelo a todos los vecinos del condominio. ¿Quién de todos habrá sido el depredador, subrepticio como un chiflón helado, que mató los gatos del vecindario? ¿Quién el criminal que tomó la justicia en su propia mano escudándose en el cobarde anonimato? Ni al resguardo de esos reductos en los que nos hemos encerrado espantados de los vicios del país estamos libres de nuestra idiosincrasia. El bocado, nuestra historia y nuestro destino. |
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