La sangrienta refriega entre narcotraficantes el pasado martes 25 en La Laguna, Río Hondo, Zacapa pudo ser un hecho aislado o bien el primer acto de un escenario ya previsto de violencia atroz. Las hipótesis que traslada la Policía solo aclaran que a causa de desavenencias internas –quizá en el cartel del Golfo, comandado por Joaquín el Chapo Guzmán– han matado a uno de los capos del narcotráfico en Guatemala, Juan Juancho León.
Aunque los conflictos entre carteles son moneda corriente, desde hace una década estos no salpicaban tan escandalosamente los titulares de la prensa local. Ha habido, es cierto, ajustes de cuentas durante los últimos años, reconocibles por el modus operandi: los narcos lanzan un diluvio de plomo contra sus blancos, quienes ordinariamente son emboscados en sitios públicos y a plena luz del día (acá, a diferencia de Colombia y México, aún no emplean como patrón de ataque cargas de dinamita que hacen explotar fatalmente a control remoto en los vehículos). Incluso en el último período electoral ciertos aspirantes a cargos públicos fueron ejecutados como parte de operativos de los carteles. Al parecer, cuando el blanco es un político regional amenazante o que incumplió pactos, el fuego es discreto y emplean un solo francotirador, con sus apoyos.
La diferencia, esta vez, es el rango de la víctima y el contexto geopolítico. Juancho León, según las autoridades, pertenecía a la élite local del narcotráfico integrada por un puñado de capos, donde resuenan seis apellidos, incluyendo los Lorenzana y los Mendoza, bien afincados gracias a su bien tejida red de conexiones empresariales y políticas de muy alto nivel.
En febrero describí a una reportera de elPeriódico un escenario para Guatemala que resultaba de los recientes ajustes geopolíticos en la lucha antinarcóticos. La previsión fue que las violentas disputas entre cárteles trasnacionales de la droga se mudarían hacia acá, sobre todo por el reforzamiento del espacio aéreo mexicano y la discreta pero cada vez más directa gestión de seguridad de EE.UU. en Guatemala. Esa presión exacerbaría conflictos entre carteles locales induciendo, por ejemplo, el escamoteo de droga trasegada por tierra. Si este es el caso, asistimos al final de un armisticio en cuyo hábitat los cárteles –ya cooptadas autoridades clave de la seguridad y con control de territorios estratégicos– florecieron como nunca durante más de una década.
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