Organizar un Gobierno no es fácil. Hasta hace unos años, el Presidente debía seleccionar al menos 200 funcionarios, cuya operación resultaba clave para que la administración central fuera eficiente.
Ese número, con la agregación de tantas dependencias, ha ido creciendo. Darle dirección precisa a cada quien y controlar que ejecuten eficazmente las tareas, es una tarea que consume.
Por eso los gobernantes seleccionan a un puñado de funcionarios –no más de cinco, para hacer funcional la entrega de cuentas– y aunque no esté normado, descansan en ellos la coordinación de áreas de trabajo: seguridad, social, operación política, etcétera. De manera que el funcionario de confianza del Presidente se hace responsable, en la práctica, de la gestión de sus colegas.
Desde luego, el mandatario no depende de una sola fuente para enterarse cómo marcha su administración. Oye quejas y alabanzas de diputados, empresarios, diplomáticos y consejeros. En el pasado, el EMP y la Dirección de Inteligencia Militar levantaban de oficio informes detallados de las ejecutorias de funcionarios clave, y hasta espiaban su vida privada. No los entregan oficiosamente, pero los tenían a la mano para cuando el gobernante se preguntaba en un momento de angustia: ¿será cierto..?, ¿qué estará haciendo en verdad el ministro tal? De esa práctica nació la alta dependencia de los presidentes hacia los servicios de Inteligencia.
Ahora, cuando un Presidente, como es el caso de Álvaro Colom, quiere evaluar a sus colaboradores por resultados y les lanza una serie de metas a cumplir en cien días, la carrera se vuelve angustiosa.
Y es que la administración pública no posee un sistema objetivo de control y evaluación; cada funcionario le pondrá –lógicamente– más crema a sus tacos y tendrá argumentos ingeniosos para excusar sus incumplimientos.
Las primeras bajas de viceministros, ministros y directores o gerentes comenzaron antes de los cien días. A ese ritmo la rotación de funcionarios va a adquirir una velocidad tan alta que puede desestabilizar al propio Gobierno. Quizá es una manera de saldar rápido las deudas políticas, pero el costo no es bajo. Como sea, la selección de colaboradores resulta siempre un juego de azar, pero la personalidad y los condicionantes hacen la gestión. Y por supuesto, un gobernante nunca perderá la capacidad de asombro ante las traiciones considerando que está, antes que nada, en un juego de poder.
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