Uno de los crímenes que comenten los “maistros” del sistema educativo nacional es que para enfrentar su incapacidad de enseñar, porque no saben mucho ni están preparados, tratan de aparentar exigencia, y dejan tareas absurdas o ingenuas a sus estudiantes, que por supuesto terminan haciendo sus abnegadas madres, porque los niños no pueden. Ellas viven ocupadas y el día no les alcanza para atender a la familia. Amanecen recogiendo agua y despiertan a hijos y marido, les preparan los alimentos y los atienden, aguantan las malcriadezas de los patojos (que al entrar en la adolescencia se convierten en hombres con aretes y mujeres que toman la píldora, reclamando que nunca pidieron venir al mundo, que un aborto a tiempo les hubiera evitado el sinsabor), así como escuchan las quejas de sus maridos temblando a diario ante el peligro del desempleo o la sed de guaro, y van a dejar a la escuela a los más chicos, y a solas se dedican a barrer, trapear, lavar platos y ropa hasta el cansancio, dedicadas a una tarea que no acaba nunca, viendo a medias la telenovela para sentirse mejor, porque a ellas les ocurre de todo, pero les podría ir mucho peor en amores.
Luego, preparan el almuerzo y van a recoger a los patojos de camisas blancas percudidas, y en el camino ellos explican “lo que nos dejaron hacer para mañana”, entendiendo por “nos” que es a ambos, a la madre y al estudiante. La pobre mujer respira hondo, porque los niños van a embucharse sin agradecer y, tras correr un rato por la calle, requerirán su ayuda para hacer la maqueta del Palacio Nacional, o un teléfono de duroport, o cualquier rareza recortada, y aceptan, porque desean que sus hijos ganen la materia, aunque ahora estén más tranquilas porque ya se corrió la “bola” (esperamos que solo sea una “bola”), de que este Gobierno ha dado la orden de que ningún chiquillo pierda el grado.
Las madres se quejan, porque aún les falta quitar la ropa del lazo, planchar, volver a lavar trastes, preparar la comida al marido que regresa todas las noches maldiciendo y frustrado porque, a pesar de lo mucho que trabaja, no logra ganar tanto como los limosneros bajo los semáforos de más movimiento, según ingresos estimados de Q60 la hora, libres de impuestos. Bueno, se entiende, eso de pedir es muy feo, y las madres quieren que sus niños se gradúen, y tal cosa las motiva a hacer los trabajos más extraños, que a los niños no les servirá de nada, es apenas otro gasto en materiales y esfuerzo perdido. A nuestros maestros no se les ocurre dejar lecturas, porque no leen y su relación con los libros no es amistosa. Y en Guate basta ser incondicional de algún diputado para tener derecho a una plaza de maestro. No vale la preparación ni el conocimiento. En vez de diplomas, lo que hace falta, gracias a las exigencias de los diputados, es tener cuello.
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