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Estoy tentado de responderle a esa subraza de energúmenos católicos que, mientras por un lado practican a sus anchas la teofagia y organizan desfiles que exhiben públicamente lo más granado de su imaginería macabra (ante la cual no dudan en postrarse como idólatras), por otro lado protestan porque el bobo de esta caja comete la imperdonable herejía de llamar “muñecos sangrantes” a sus muñecos sangrantes. Pero no. En lugar de sucumbir a la tentación, jugaré esta vez a provocar la de ellos; todo por el placer de ponerlos a prueba: a ver si son capaces de ofrecer, en asuntos reñidos con su moral de Torquemada, esa misma tolerancia y ese mismo respeto que exigen cuando hemos de referirnos a sus rituales de culto al masoquismo. Dejemos de lado, pues, las procesiones, los cucuruchos y la Semana Sádica. Ofrezco a continuación el relato de otro amigo mío (hueco, para más señas) que me escribió quejándose porque ninguno de los periódicos se atrevió a publicar su denuncia. “¿Viste?”, le dije. “Esos sí que son homofóbicos”. Resulta que no hace mucho, en esta época en que la primavera altera las hormonas y aumenta la libido, mi amigo gay y su pareja andaban ya prendidos, como agua para chocolate, las ganas mutuas a punto de estallar. ¿Qué hacer? Obvio. Pero aquí no, pensaron. ¿Y entonces? Vámonos al Omni. Qué feo se siente que lo bajen a uno de la moto. Luego de entrar y de pagar, el personal del motel los llamó para decirles que lo sentían mucho (ya vas), pero que “el establecimiento no acepta que dos jóvenes –del mismo sexo, se entiende– ocupen las habitaciones”. Les devolvieron el dinero y los sacaron, quedando los pobres como esos chuchos a los que, en mitad de la prensadera, viene alguien y les avienta un huacalazo de agua fría. Se me hace que los dueños del Omni también son católicos. |
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