Los recientes acontecimientos en los que resultó muerto uno de los capos de más altos vuelos del narcotráfico en Guatemala empujaron la revelación de datos de inteligencia que resultan bastante escandalosos y preocupantes.
Ningún guatemalteco medianamente informado ignora la existencia y florecimiento de redes de crimen organizado en el país, especialmente vinculados al tráfico de drogas. Sin embargo, el detalle de la información que ha salido a luz revela que las autoridades conocen las redes, su modo de operar, las empresas mediante las cuales lavan activos, la ruta que recorren los estupefacientes y, entonces, cae de su peso preguntarnos ¿por qué tanta tolerancia?
No vamos a engañarnos con una respuesta simplista a una pregunta compleja. Sabemos que confrontar a estas redes no es asunto sencillo. Especialmente cuando agarran al país con los pantalones abajo: un sistema de justicia inoperante, un Ejército disminuido y la infinita posibilidad de corrupción, pues el sistema institucional que hemos construido es ad hoc para ello. También debemos considerar que confrontar este problema desde la institucionalidad acarreará una fuerte reacción contra las autoridades y, especialmente, contra los operadores de justicia. Recordemos que cuando Colombia inició esta lucha, optó por utilizar “jueces sin rostro”.
Sin embargo, aún tomando en consideración todas estas circunstancias asombra la inercia del Estado guatemalteco frente al problema. Del Gobierno eferregista llegamos a esperarlo todo, pero ¿hubo connivencia por parte del Gobierno de Óscar Berger para permitir la consolidación de semejante amenaza para el país? La respuesta afirmativa a la pregunta anterior arroja cuestionamientos sobre el sector privado, ¿tendrán vínculos comerciales con estas redes criminales? ¿Estaría fundado en esos intereses espurios la oposición que de manera tan contundente hicieron contra la CICIG?
Lo cierto es que el problema del crimen organizado en nuestro país se aleja aceleradamente de ser un problema de seguridad, para convertirse en un problema de soberanía nacional. Especialmente, si como parece, los narcotraficantes están provocando invasiones masivas para agenciarse de territorios. Resulta imperativo entonces, enfocar el problema desde un ángulo distinto. Formar parte de una geopolítica manejada por el crimen organizado internacional puede arrojarnos en una vorágine de destrucción y de muerte imparables.
Finalmente, cabe preguntarse que pasó con la borrosa CICIG. Si continúa callada poco o nada servirá tanto esfuerzo para darle vida. Si la explosión en plena cara que significa la exposición de la situación real de los grupos clandestinos no pone en marcha a la CICIG, quizá habría que repensar a dónde reorientar los millonarios aportes que le ha hecho la comunidad internacional.
Agregar comentario:
5 comentarios: