Mi abuela y unas de mis tías dejaron la vida escribiendo y contestando desde París larguísimas misivas, cartas y postales a los amigos y parientes de Guatemala, pidiendo entre líneas que no las olvidaran...
María Elena Schlesinger/Ayer
Mi abuela y unas de mis tías dejaron la vida escribiendo y contestando desde París larguísimas misivas, cartas y postales a los amigos y parientes de Guatemala, pidiendo entre líneas que no las olvidaran, para seguir atados a ese extrañísimo cordón umbilical que es la patria y la familia.
Todas las tardes después del té, cuando por la hora ya no era bien visto que un grupo de mujeres anduvieran paseando solas por las calles de París, se sentaban a la mesa de patas de león que yo aún conservo, y con la luz acandilada iniciaban con germánica disciplina la tarea puntualísima de contestar y mandar correspondencia.
Como en un rito, colocaban a un lado la caja color agua marina con olor a lavanda, en donde guardaban las cartas recibidas en el día, y en el otro lado el secante, el plumón y las hojas finísimas de papel color lino, con el monograma azul en la parte superior. Sacaban de la gaveta el librito de direcciones y la tinta alemana de color marrón.
“Queridísima Lolita:” decían siempre las cartas que les llegaban de Guatemala. “Esperamos que Dios las tenga alentadas y con buena salud. Aquí en Guatemala, la vida pasa demasiado despacio, aunque ahora el tiempo ha estado malísimo y el cordonazo de San Francisco nos ha traído muchísima lluvia...”. Y después de informar sobre el clima, venía la noticia de los nacimientos, de los niños que habían nacido rubios y con bucles en el pelo o los morenos de ojos negros. Las bodas con novias relucientes con coronitas de azahares; los pleitos entre primas; los obituarios con todos los detalles de agonías, herencias y últimas palabras del occiso; y las noticias de noviazgos afortunados en los que gracias a Dios la Carmencita había conocido al ciudadano alemán, que aunque viejito y bigotudo le había ofrecido ya las nupcias. No faltaban las novenas, los conciertos en las casas y los rosarios perpetuos en la iglesia de Santo Domingo por el mes de la Virgen del Rosario. Las cartas que llegaban de la patria estaban siempre llenas de volcanes, niños, aire puro y cielo azul.
Mi abuela y mis tías respondían puntualmente, con una caligrafía envidiable, fina, domada en horas incalculables de práctica. Respondían con misivas siempre amables, agradeciendo primero haberse recordado de ellas, las parientes solas de ultramar. Luego venían los abrazos y cariños para todos en la casa, y más adelante sinfín de noticias de las más extraordinarias, que hacían más grande y profunda la distancia entre Guatemala y París. Contaban de todo y de lo más sorprendente, como que en Inglaterra estaba de moda hacerse retratos en el lecho, que habían descubierto que lavarse antes de acostarse era beneficioso para el rostro, que en Austria vivían muchos más judíos que en el resto de Europa o la primicia de que en Samoa había muerto el novelista inglés, Robert Louis Stevenson.
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