|
Imposible no asociar las sangrientas batallas de los narcotraficantes de hoy con las acciones de los forajidos de toda especie que, dispuestos a perder la vida por un puñado de dólares, forjaron a sangre y a fuego el legendario Lejano Oeste. En cierto sentido, los narcotraficantes de hoy no son más que los epígonos de aquellos aventureros que, amparados por la ausencia de ley y orden (de un ente poderoso y centralizador que velara por el bien común), lograron imponer sus intereses sectoriales en la sociedad de libre mercado. La emergencia incontenible e incontrolable de narcocapitales, es decir, del vasto poder financiero creado por los que dirigen la producción y distribución de droga ilegal en el mundo, es un fenómeno que podría ser comparado con el surgimiento, en otras épocas, de capitales y clases sociales que luego adquirieron carta de ciudadanía. Hoy se nos olvida, y a nadie le interesa recordar, que muchas de las grandes fortunas vinculadas a apellidos que se hicieron ilustres, obtuvieron muy probablemente su titularización gracias a estratagemas tan inescrupulosas e inmisericordes como las que hoy suscitan nuestro horror ante los nuevos señores de la guerra. La creatividad, eficacia y disciplina que demuestran las categorías sociales vinculadas al narcotráfico hace que, de hecho, se estén convirtiendo en uno de los sectores más dinámicos y pujantes de la economía del país. Su capacidad de penetración y de influencia es tal, que a mí no me extrañaría que el día de mañana venga el hijo de uno de estos nuevos caballeros de la droga y me pida la mano de mi hija, so pretexto de que se ha enamorado de ella. A lo que tendré que explicarle, con expresión compungida, que afortunadamente no tengo hija alguna. |
0 comentarios: