Esta etapa de la historia de la humanidad está marcada por una fuerte diferenciación social impulsada como paradigma de la libertad del capitalismo de mercado. Los abismos entre ricos y pobres se explican como fenómenos naturales, propios de todo sistema, debido a que siempre hay quienes son más arrechos, listos o merecedores que otros. Este orden económico produce una infame cultura de la desigualdad que lo fundamenta y reproduce con rasgos particulares, como el racismo en Guatemala.
La publicidad, como herramienta de propaganda, juega un papel clave para implantar ideas y patrones de vida, es indispensable para que el sistema siga funcionando, convirtiéndonos en adictos al consumo, enajenados por las marcas y el querer tener. Al ofrecernos un tipo de belleza y felicidad a cambio de algún producto, nos toman como entes que obedecen sin pensar.
El bombardeo con imágenes sensuales, frases simples, canciones pegajosas y mensajes sugerentes hacen presa de amplios sectores que caen en esa trampa que es una espiral vertiginosa hacia el vacío.
Como consecuencia, nuestra identidad se va asimilando a los modelos mediáticos y perdemos la fuerza que nos da sentirnos personas dignas, no objetos manipulables. Muchas mujeres son blanco de estas prácticas perversas, a ellas se les ofrecen todos los productos asociados a su papel de género: mercancías que las harán buenas madres, excelentes amas de casa, maravillosas amantes. Si analizamos la simbología difundida sobre las mujeres, encontramos todos los lugares comunes, los prejuicios y estereotipos que contribuyen a la opresión y a la desigualdad entre mujeres y hombres.
La cultura dominante nos define y construye, a través del miedo y la violencia, como seres sumisos, si no estamos conscientes y alertas, si nos dejamos llevar.
Eso es lo más grave, que requiere de un esfuerzo grande para oponer resistencia y buscar alternativas frente a semejante poder. Ir contra la corriente no está bien visto. Cuestionar o criticar se ven como actos amenazantes del orden; y la rebeldía, como el colmo de la provocación.
Ahora se recurre a calificar como terrorista, bochinchera y desestabilizadora a la ciudadanía cuando plantea sus demandas y exige atención a sus problemas. Se les encasilla entre los malos y se les compara a esos buenos que no dicen nada para que todo siga igual. Quienes se atreven a impugnar o disentir, quienes proponen transformaciones son los otros incómodos, que es preferible eliminar.
Sobre esos criterios se establecen las políticas de seguridad y gobernabilidad, con la pretensión de que la responsabilidad sobre la injusticia la tiene Dios, y ¡ay de aquél que se anime a protestar!
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