Hay experiencias que no pueden tener mejor voz que la de su propio protagonista. Ángel Díaz, un arquitecto de 33 años, hace pausa y retrocede tres años para reconstruir su accidente. El cuerpo de Ángel recibió una descarga eléctrica de más de 13 mil 800 voltios.
Por: Mirja Valdés
|
Mi familia dice que soy un milagro. Hace 3 años sobreviví a una descarga de más de 13 mil 800 voltios que entró por mi mano derecha y salió por mi pie izquierdo. Cuando alguien sabe de mi historia y me pregunta qué sentí en ese momento, siempre respondo lo mismo: no sé. Es la verdad. Me esfuerzo por recordar más, en ir más allá de los primeros 15 minutos que permanecí en el aire. Mis amigos aseguran que volé más de una hora antes del accidente. Hasta ese domingo (20-2-2005) había practicado vuelo libre durante 10 años. Llegué a ser campeón nacional en ese deporte. No he vuelto a ponerme mi ala delta y lanzarme al vacío desde entonces. ¿Miedo? No. No lo hago por mi familia, por lo que vivieron después de mi accidente. Mi madre y mi hermana registraron cada momento en un cuaderno al que muy pocas veces regreso para saber qué me sucedió. Recuerdo ese domingo de febrero en Panajachel. Era la clausura del Congreso Internacional de Federación de Aeronáutica (FAI, por sus siglas en francés) y de la Comisión Internacional de Vuelo Libre, donde participamos voladores ala delta y parapentos de varios países. Guatemala fue la sede de la reunión ese año. Se programaron diez vuelos demostrativos los dos días. Yo volé en ambos. De ese domingo recuerdo que, con un amigo, dibujamos las marcas de aterrizaje en la playa donde decenas de veces había descendido. Todo bien. Como al mediodía subimos a la rampa de donde saltamos. Fui el cuarto en lanzarme. De ahí solo recuerdo 15 minutos en el aire, y de golpe desperté el 7 de abril, 47 días después. A partir de aquí reconstruyo mi historia con lo que mi familia y amigos me cuentan, lo que vi en el video que grabó el momento en que mi ala topó con un cable de alta tensión, y el diario que mi madre y hermana escribieron. Domingo, 20 de febrero Había, lo que llamamos, mucho tráfico para descender. El video reproduce cuando intenté una maniobra para descender, pero en mi intento topé con el cableado que lleva energía eléctrica en la playa pública. Salieron chispas y mi amigo Luis Rosada escuchó, además, un fuerte estruendo. Se ve cuando caigo unos 15 o 20 metros de altura; primero a la parrilla de un autobús y luego al suelo. Es como ver caer un muñeco de trapo. Luis fue el primero en llegar a mí y lo que vio fue sangre, mucha sangre en mi rostro, mis anteojos incrustados en cada ceja y mi casco quebrado. Aprendió de su padre, un médico, a tomar signos vitales. Jura que morí por varios segundos. Él y otras personas rompieron mi arnés para resucitarme con respiración cardiopulmonar (RCP). Cuando la ambulancia llegó, otro gran amigo, Luis Escoto, cuidó de mí en el trayecto de Panajachel al Hospital Nacional de Sololá. Fue testigo de las carencias del sistema de salud. La mejor opción era trasladarme a la capital. Y ese fue otro dilema, una ambulancia para tres emergencias simultáneas: la de una mujer con complicaciones de parto, un herido de bala y la mía, y solo cabían dos camillas. Cuenta Luis que el herido de bala me cedió su lugar. Fue un trayecto largo para mi amigo. Recuerda cuando los bomberos le dijeron que por momentos dejaba de respirar. El camino se le hizo más eterno cuando la ambulancia se calentó y pararon. Al llegar a la emergencia del Hospital Roosevelt, era una extensión a las carestías del de Sololá, porque los aparatos para evaluarme no servían. Por insistencia de una prima, mi familia optó por trasladarme a un sanatorio donde me atendieron de inmediato. Vera, mi hermana, para recrear una imagen de cómo se veía mi mano derecha, por donde entró la electricidad, la compara con un guante de boxeador. La uña del pulgar de mi pie izquierdo estaba reventada. Tenía quebraduras en la clavícula y en el dedo índice derecho. Eran pocas a pesar de la caída. Mi corazón estaba arrítmico; mi cerebro, completamente redondo y liso por la inflamación; y mi sangre, contaminada. Me indujeron al coma. A pesar de aquel cuadro, los médicos se sorprendieron de que aún viviera, y que resistiera a tan largo viaje en la ambulancia. Al séptimo día, en el hospital ocurrió algo extraño. Una mujer preguntó por mí y le entregó en el pasillo una carta a mi padre: “Léala cuando me vaya”. Era para mis padres, “les digo Miguel y Lidia que no se afanen por las circunstancias, tengo en mis manos la vida de Ángel y todo es parte de un plan que tengo trazado para él”. Era un papel escrito en computadora firmado por... Jesús. Mi madre lo conserva. Estaban sorprendidos, confundidos, a la vez llenos de paz a pesar de todo. El mensaje lo recibieron el día que me retiraron un aparato para respirar. “Te quitaron el ventilador y respondiste bien. Además, toleraste el Ensure”, leí en el diario. Leí también que todo el tiempo tuve visita. Lo sé por las fechas y los mensajes que escribieron mis amigos. Lunes, 28 de febrero Al séptimo día, cuando me sacaron del coma, Fabiola, mi novia –ahora mi esposa– pensó que mi despertar sería como en las películas. Todos creían que así sería. Fabi se puso linda para ese momento, para cuando abriera los ojos y la viera, pero descubrió en mi mirada a una persona distinta. Mi hermana coincide con ella. No reconocía ni a Fabiola ni a mi familia ni a nadie. Siguieron días en que de repente estuve insoportable. “Hoy estás enojado, violento, ayer me mordiste la mano (…), entendemos que tu mente no se ha conectado aún”, escribió Vera el 6 de marzo en el diario. Me dieron de alta, pero a los pocos días me ingresaron a otro hospital porque no tenía sosiego. A veces estaba muy inquieto o muy vulgar. “Hoy hablaste muchas incoherencias. A todo lo que te pedíamos que hicieras, dijiste no”. Eso fue el 1 de abril. Vera me cantaba canciones de cuando éramos niños, como la de El sapito. Solo así me calmaba. En mis terapias con el psiquiatra pasé por todas las edades, desde la primaria hasta la universidad. Mi mirada seguía perdida, ni reía ni lloraba, dicen. Aprendí todo de nuevo: a comer, lavarme los dientes, caminar y hasta ir al baño. Fueron varias semanas en que todos me enseñaban, hasta mis sobrinos, quienes jugaron plasticina conmigo, aunque a veces quería comerla. Jueves, 7 de abril Contrataron a un enfermero para atenderme. Por las mañanas, me sacaba para reconocer los alrededores. Al regresar de uno de esos paseos, pregunté: “Mamá, ¿qué me pasó?”. Entre los dos con mi padre me relataron lo sucedido, paso a paso, y empecé a llorar. Fue la primera vez, desde el accidente, que manifesté alguna emoción. Y seguí así, llorón, por varias semanas. Aunque por ratos me ocurría que por casi nada me irritaba. Eso lo recuerdo muy claro. Mi recuperación a partir de ese día fue veloz. De nuevo realizo mis actividades con normalidad, regresé a mi oficina con mi socia en la constructora, conduzco mi carro, visito proyectos, bueno, soy yo de nuevo. El mismo de antes del accidente, aunque mi familia dice que sí soy yo, pero más emotivo y unido a ellos. Yo les creo. Mis amigos opinan que soy más bueno que antes. Me causa cierto conflicto emocional eso que dicen, porque para mí fue como acostarme a dormir y luego levantarme. Mi recuperación fue como estar sonámbulo. De no ser por este espacio, no repararía en pensar o preguntarme qué fue lo que sucedió. Mañana se cumplen tres años de cuando regresé y volví a ser quien soy, Ángel. |
15 comentarios: