Se conmemora el primer centenario de nacimiento del director Percy Faith, el mismo que azucaró las canciones más agrias del rock.
Por: Jorge Sierra
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Aún con los dedos de la mano quemados siendo pianista, pudo convertirse en un modelo vital de los directores de orquesta en el mercado de la música easy listening o música ligera. Un pionero en el estilo, en todo el sentido de la palabra. Su abultada discografía (cerca de cien discos) le hicieron acreedor de dos premios grammies, demostrando así que las letras de las canciones no hacían falta para expresar sentimientos, que la música instrumental podía alcanzar todo estrato social, y sobre todo que la instrumentación cargada de violines, aderezada de coros, podía ser un poderoso imán y bálsamo a la vez, para un gran público que se sacudía la infamia de la guerra de Vietnam y quería hacer un alto a la saturada estridencia del rock. Hoy, lunes 7 de abril, se cumple el primer centenario del nacimiento de Percy Faith, símbolo del estilo y de memorables tonadas. Su proclama En la década de los setenta, estaciones de radio guatemaltecas (Panamericana, Radio Reloj y muy después Fabuestereo) incluían esas versiones dulzonas que Faith hacía de las canciones de los Beatles, Abba, Jerome Kerns, de América Latina y de películas. De hecho el primer Grammy, en 1961, lo obtuvo gracias al arreglo y dirección orquestal del tema de la película A summer place, escrita por Max Steiner. Pero ese gran éxito era el primer paso de grandes andanzas. El público disfrutó con el tiempo de otras tonadas con gancho como Delicado, Black magic woman, Romeo and Juliet, de la rock ópera Jesús Christ Superstar, Moulin Rouge, Malagueña o Yellow days, esta última ya con el empleo de coros femeninos, algo que no le dolerían prendas utilizar a su imitador, su compañero de sello discográfico, Ray Conniff. Y es que a Faith la fórmula le funcionó. Contaba con una formación clásica. La clave estaba en hacer arreglos distintivos, en algunos casos memorables al re-componer las piezas mismas, al dotarles de nuevas armonías, amplias contra melodías y un tratamiento instrumental, cuyo rasgo era engordar la sección de cuerdas y adelgazar la de metales. Aunque esta última la empleaba para subrayar algunas frases. Todo sonaba en constante avance. Desmarcándose así, incluyendo el ritmo, de aquellas grandes orquestas de swing. Pianista de prodigio Tras su fallido deseo de ser pianista concertista (era un joven prodigio), al quemársele las manos en un accidente a los dieciocho años, Faith aprendió el oficio de la composición y el arreglo, de la mano de uno de los profesores más versados que radicaba en Toronto, el austríaco Louis Waizman. Lo asimiló rápido, sobre todo al escribir para la sección de cuerdas, pues antes del piano aprendió a tocar el violín. Esas cátedras le permitieron al joven Faith, hacerse de un lugar en la radio y en la televisión canadiense. A sus 26 años, dirigía el programa radial Music by Faith, que fue escuchado en Estados Unidos. Eso hizo que fuera invitado a ocupar la plaza de director de la Orquesta Carnation de Chicago, Estados Unidos, esto debido al fallecimiento de su director. En los primeros cuatro años con esa orquesta graba para el sello Decca. Y así, adquiere la nacionalidad norteamericana. Era un ascenso de vértigo, sobre todo por la inventiva de sus arreglos. Eso facilitó para que después Faith, sustituyera a otro gran director Andre Kostelanetz, como director la Orquesta Sinfónica de NBC, y firmar en 1949, un contrato para grabar para el sello RCA Victor. Ya en la industria, trabajó para Mitch Miller de Columbia Records, y allí metió sus manos en los discos de figuras populares de entonces como, Tony Bennett, Doris Day y Guy Mitchell. En 1951, Faith comenzó a grabar bajo su propio nombre. Y fue cuando alcanzó su primer gran éxito, Delicado, de corte brasileño. Desde ese año hasta 1976, el director canadiense grabó 85 álbumes para el sello Columbia. Su estilo no pudo ser duplicado. Y aunque su música estuvo llena de azucarada sensiblería y de excesiva popularidad por tratarse de versiones de canciones archiconocidas, la decoración tímbrica con que Faith las arropó traslucían en el fondo un fino trabajo orquestal. Mantovani, Henri Mancini, Paul Mauriat, Caravelli, sustentaron su quehacer en lo hecho por el director canadiense, que casi alcanzó ver el crepúsculo de estas orquestas antes de fallecer de cáncer, en Encino, California, en 1976. |
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