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Esta es nuestra costa. Esta, con sus puestos de fruta y sus casetas de aguas frías a la orilla de la carretera. Mujeres con la actitud lánguida de quien espera, niños color de chico en bicicleta y chuchos dormitando a la sombra. Cocales y almendros y manglares y mangos y jocotes marañones. Ranchos de manaca, planicies de arena quemapiés, un oleaje plomizo y violento que retumba como trueno y espuma como cerveza. Son sus imágenes, que tan bien supo pintar Moisés Barrios en su serie sobre el Pacífico, las que tapizan nuestro imaginario. Pienso en mar y esto es lo que pienso. Esto es lo que viene solito, como perro obediente. La otra costa es un destino exótico en un brochure. Suspiramos como la negrita Cucurumbé por la blancura, la fineza y la calma de aquellas playas de arenas tiernas y aguas transparentes. Pero esos pedacitos de idílico paraíso hay que ir a rebuscarlos en nuestra geografía. Casi tan ajenos como la nieve que a veces blanquea en Ixchiguán, San Marcos. El viernes cayó por estos lares un aguacero gordo. Se desplomó el cielo, aquí no sabe llover de otra manera. La lluvia gentil es para los ingleses. Hubo una edad en que hasta ese desquiciante chipi chipi me parecía una expresión del admirable y moderado temperamento británico. ¿Por qué no podía llover aquí con esa dignidad melancólica y gris? Por entonces también renegaba de la independencia de Belice que nos había dejado tan limitados del precioso don del Caribe y sus ritmos cadenciosos y alegres. Ha de ser que estoy envejeciendo. Uno nota esas cosas por la docilidad con que deja que la tierra lo reclame. Es aquí, en este Pacífico tronador y en medio de un aguacero que apaga luces, donde me siento más a gusto. Creo que me gustaría que tiraran mis cenizas sobre las playas del Pacífico. En su defecto, podrían colocar mi urna funeraria frente a una pintura de Barrios. |
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