Vuelvo de dar un taller sobre educación popular, con la metodología de Paulo Freire para el proyecto Mecapal, en Champoyac, San Marcos. Trabajando con mujeres k’iche’s líderes, miembros del Cocode, encuentro que hay en ellas inmensa voluntad de sumar.
Cuando digo sumar, es dar lugar a los sin voz, que no aparecen en medios, no figuran, pero actúan y emprenden desde su cotidianidad, como Georgina, presidenta del Cocode de Ixchiguán y promotora de campañas de alfabetización por todo el país: “no es solo aprender a leer, es aprender a ser críticos”, dice Georgina. Por sumar entiendo compartir la lucha y abrirnos a la posibilidad de aprender de los otros y, a la vez, estar en disposición de que otros aprendan de nosotros.
A raíz de mi artículo de la semana pasada en el que mencionaba el radicalismo y puesta en escena de cierta intelectualidad maya cupular, he recibido mensajes en el celular, varias decenas de correos y llamadas de politólogos, analistas, antropólogos, intelectuales mayas y demás.
Entre otros me llamó Álvaro Pop: “Marcela, estoy con vos, sumemos”. Sí, sumemos, pero entonces partamos de un hecho irrefutable, como me lo escribió el antropólogo Sergio Romero: “La cooptación del discurso étnico por la cooperación internacional y sus comisarios políticos nos ha robado todo el potencial revolucionario y unificador de reconocernos mutuamente como distintos hilos en un mismo huipil”. Es decir, el financiamiento internacional atomiza las posibilidades de formar movimientos revolucionarios de base, ha abierto las puertas para que se reivindique una cúpula y tenga la inventada bandera de representar “la voz del pueblo maya”.
¿Cuál voz del pueblo maya?, no nos engañemos. En cambio, escuchemos a los sin voz, a esos como María Olimpia López y López, una mujer k’iche’ que sufrió un caso severo de discriminación étnica en la entrada del bar La Fratta, en Xela. Cuando Olimpia solicitó apoyo a otra mujer maya, intelectual, quien también había sido discriminada en 2002, al intentar entrar al Tarro Dorado en la capital, no recibió su apoyo. “Ella no defendía una causa maya, defendía una causa personal”.
Olimpia sirve, limpia y hace camas para cooperantes y viajeros como yo, en un hostal de Xela.
Nadie escuchó su voz cuando ella se quiso pronunciar ni la cúpula maya que había pasado ya por una experiencia similar quiso atenderla. Todos defendemos causas personales, la paradoja está en denunciarlas al público internacional con el nombre de “defensoría de la causa maya”.
Sí, sumemos y en eso salgamos de hacernos las víctimas, huyamos de maniqueísmos baratos. ¿Por qué Jesús Tecú y Feliciana Macario (Conavigua) no se andan dando falsos golpes de pecho?, con todo y ser sobrevivientes de masacres, tienen una vida de vocación en la búsqueda de la verdad.
Trabajan con su gente y para su gente (los del pueblo, no los de la cooperación internacional) en la toma de decisiones que les permiten construir el mundo, desde sus propias definiciones y diseños de vida, desde sus intereses y expectativas: con ganas de sumar.
Evaporemos las posturas esencialistas de Demetrio Cojtí, Amílcar Pop, Rigoberta Menchú, Carlos Guzmán Bockler, Richard Adams y recuperemos la voz de Luis de Lión, de la “pies de jade” Herlinda Xol, Aura Chojolán. Rescatemos a Jorge Solares. Gente que aporta en la construcción de un mundo de sumas, no de divisiones.
La construcción de políticas de resistencia y acción mayas ceñidas al ámbito de las identidades podría tener éxito cuando el movimiento deje de ser cupular y sea uno de todos.
Sumemos, pero con todos: Olimpia López, Mayarí de León, con tantos otros; campesinos, indígenas, mujeres y pobres urbanos, porque ellos también se han visto marginados política y económicamente en la construcción de sus propias vidas y en cualquier diseño de proyecto de nación. Creo que es posible formar redes de comunicación e intercambio de experiencias, incorporar nuestras luchas al esfuerzo común de vivir en el mundo y buscar los lenguajes para sumar nuestros desafíos cotidianos y plurales.
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