A finales de los años setenta, mientras terminaba mis estudios en la universidad, trabajé en el departamento de estadística de la Facultad de Ingeniería, en la Usac, donde coincidí con amigos a quienes luego perdí de vista, tras la diáspora.
Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
|
A finales de los años setenta, mientras terminaba mis estudios en la universidad, trabajé en el departamento de estadística de la Facultad de Ingeniería, en la Usac, donde coincidí con amigos a quienes luego perdí de vista, tras la diáspora. Gracias a esta columna he vuelto a encontrarme con varios de ellos, y las ocasiones han sido gratas, con toda su carga de nostalgia. Con otros hemos mantenido eventual correspondencia electrónica, porque resultaron viviendo lejos. Pero a principios de este año me ocurrió algo inesperado. Uno de los amigos de entonces me escribió medio temeroso del olvido, contándome que estaba escribiendo cuentos en sus ratos libres, que “cada día eran más largos”, es decir, los ratos libres, y quería compartir conmigo lo que escribía, amén de comentar algunas de mis opiniones sobre libros que le habían interesado. Era el mismísimo Carlos Gramajo que yo recordaba paciente en su manera de hablar, con el pelo recortado en bomba en los años duros, cuando trabajábamos en la misma oficina y encarábamos a grupos gigantescos de estudiantes mientras en la Petapa los más enérgicos incendiaban llantas, detenían el tráfico o desenmascaraban a los orejas. Ya nos faltaba poco para terminar los estudios y decidimos resistir. Yo obtuve primero el diploma y me marché para siempre. A partir de su nota mantuvimos una agradable correspondencia comentando lecturas, dudas sobre estética y principios de escritura. Leí algo suyo. En una de esas ocasiones me comentó que tardaba mucho en responderme porque vivía muy lejos de todas partes, que para ir al cibercafé más cercano tenía que caminar un gran trecho. Asumí que algo difícil andaba en su vida, porque éramos prácticamente de la misma edad y él se mantenía recluido en la casa, empeñado en la escritura como juguete nuevo. A finales de febrero me mandó un cuento corto, divertido, entusiasta, fabulando con animales, zopes y zompopos, y me pidió una opinión. Yo dejé la lectura para después, pero pasaron los días. Terminaba la Cuaresma y me dediqué a mis costumbres de antigüeño cucurucho procesionero, y estando en plena Semana Mayor, en medio de la contemplación sucesiva de Nazarenos que sangran y santos entierros, recibí un correo que me heló la sangre. La hija de Carlos me comunicó que su padre había muerto, que lo enterraron el mismísimo día de su cumpleaños. No explicaba la causa del drama ni me atreví a preguntar. Ella me participó la noticia rebosante de cariño. Los últimos días de su padre tuvieron como contrapeso a las depresiones, la alegría de escribir e inventar. A Carlos lo conocí entre números y fórmulas en chino, y se fue entre el sueño de los libros y la escritura. El Viernes Santo creí reconocer al antiguo compañero en la imagen que iba con la cruz a cuestas por la vía sacra. |
1 comentarios: