|
Un recuerdo que guardo especialmente en la memoria: un grupo de teatro representando a Molière en Santa Lucía Cotzumalguapa, creo que en el salón de actos de un instituto, una noche, en medio de un calor infernal y de un público al que Las preciosas ridículas no le hacían ninguna gracia. Eran los tiempos heroicos, cuando el teatro era la buena nueva que había que llevar a todos los rincones habidos y por haber en Guatemala. Yo la hacía de Molière en el montaje y el que dirigía la obra era Ángel Gaytán: junto a su hermano Otto, los herederos más aventajados de don José Luis Gaytán Furlán, creador de la Academia Dramática Antigüeña, una leyenda del teatro de provincias. Con Otto estudiamos juntos desde chiquitos. Con Ángel, un poco mayor que nosotros, empecé a relacionarme a mediados de los setenta. Trabamos una amistad intensa que duró varios años. Hasta el exilio y la diáspora de los ochenta y la vida que te va enredando en otros asuntos que ya no tienen nada que ver con Molière ni con el teatro. Otro recuerdo: un tipo que se aleja de Antigua Guatemala cargando una bolsa militar en las espaldas, ahí lleva su ropa, su máquina de escribir, sus libros, sus apuntes. Me escribió de México, de Panamá, de Colombia. No lo volví a ver en 20 años. Hay un personaje en La carretera, una novela inédita de Méndez Vides. Es Ángel Gaytán con una vieja maleta haciendo la ruta Guatemala–México. Pide jalón o se sube a trenes destartalados y sucios. Duerme en pensiones de paso. Apura una torta en la vieja estación de un pueblo perdido en el fin del mundo. Ángel murió el sábado pasado de un ataque al corazón y a mí me dolió mucho. Me veo vestido de Molière diciéndole adiós en una calle desierta de Antigua. Es el final de los años setenta. Las carreteras, a veces, no nos conducen a ninguna parte. |
0 comentarios: