Hay gente que ha nacido para soportar los dolores de los que no sufren, apuntó Cioran.
Rosina Cazali/No lugar
Hay gente que ha nacido para soportar los dolores de los que no sufren, apuntó Cioran. Pensé en la cita del maestro de los aforismos después de leer la noticia de la violación y asesinato de Adali (17 años) y Carmen (16 años) encontradas en la aldea Canalitos, y otra de aproximadamente 20 años en la zona 5. Las imágenes pueden seguir sumándose, una más fuerte que la otra, y no concluyen. Es probable que pronto se aprueben leyes contra el feminicidio pero que no garantizan la eliminación del terror de ser mujer en esta sociedad. Mucho menos la imagen de vulnerabilidad, supeditada a una especie de autorización para utilizarnos como carne de cañón. Cada cadáver encontrado ha terminado por ser un dispositivo que ratifica la existencia de una guerra que no es nuestra además de una condición de víctimas u objetos de los deseos de cualquier macho asesino patológico que se le antoje. Más allá de cualquier ley o mandato institucional, aquí, se han afincado el miedo a salir solas a las calles, en detrimento al derecho de ser autónomas, de expresarnos a través de lo que decimos, lo que vestimos, lo que deseamos.
A pesar de la dimensión de los hechos, para esta sociedad polarizada, las violencias contra las mujeres parecen ser un tema de actualidad pero que afecta a un sector predeterminado. Si durante largos períodos la sociedad guatemalteca ha utilizado la típica explicación, en un tono lánguido, como si hubiera sucedido en Marte: “Lo mataron, o la mataron, porque ¡a saber!, en qué andaba metido”, ahora parece haber establecido un segundo argumento para evadir la realidad. Peor aún, para definir un mecanismo de reconocimiento de una comunidad específica, con miembros susceptibles de “andar metidos en algo”. Estigmatizada desde su marginalidad y desprotección, se hace invisible a los ojos de la ciudadanía privilegiada. Poco falta para instaurar frases como “la mataron porque es pobre y es mujer”. Como si se tratara de una culpa y destino inevitables. Esta sistematización del lenguaje ya es una forma de violencia en nuestra contra, de nuestras hermanas, madres, hijas, amigas. Pues se fundan en la doble moral de una sociedad que está acostumbrada a ver, oír y callar. ¿Qué hacer para revertir la ignominia de ese silencio cómplice? Por ahora solo puedo pensar en el último fragmento de la novela de John Grisham, Tiempo de matar. Es la historia de Tonya, una niña negra de apenas diez años que fue violada de manera salvaje por dos jóvenes racistas del sur de Mississippi. Durante el juicio contra el padre de la niña –quien tomó la justicia por sus manos– el abogado defensor pide al jurado cerrar los ojos, imaginar a una niña desnuda, abandonada en el campo, con sus genitales destrozados. Transmutando la escena a nuestra realidad, el abogado nos pide: ahora imagínenla en un río de aguas negras, que es canche y residente de la zona 15.
0 comentarios: