El asesinato del recién destituido asesor del ministerio de Gobernación, Víctor Rivera, entraña mensajes y enigmas, pero sin duda los más importantes están vinculados al sector privado del país.
Hay dos formas de verlo: para los empresarios del país la muerte de Rivera puede interpretarse como una amenaza o un alivio. Y no sería raro que, como suele suceder en nuestro país, la realidad tenga un poco de ambos ingredientes. Me explico.
Estoy segura que para varios importantes personajes del sector privado, enterarse de este brutal asesinato fue como si alguien los hubiera sacado de la cama el lunes a medianoche para anunciarles con altavoz: “Se quedaron solos muchá, están desnudos”. Desde que Rivera fue contratado para aliviar la crisis de secuestros durante el gobierno de Alvaro Arzú, este asesor se ganó el agradecimiento de cientos de familias a quienes ayudó a investigar, negociar y resolver el plagio de seres queridos.
De primera mano sé que abundan quienes sienten hacia Rivera una gratitud inmensa, pues consideran que le deben la vida de un hijo, un padre o la pareja. Ayer en la radio una de estas personas pedía que se proclamara héroe nacional al experto venezolano. El secuestro en Guatemala ha afectado a todas las clases sociales, pero es obvio que los vínculos creados al rescatar a un miembro de las familias más pudientes del país tienen un peso político que va más allá de la mera gratitud.
En el cielo todas las oraciones valen lo mismo, pero aquí abajo la magnitud de la influencia política es proporcional al árbol genealógico y la cantidad de dígitos en la chequera.
Por esa razón se puede pensar que la salida de Rivera, de la estructura del Estado, constituía en sí un golpe a los empresarios que confiaban en él y que seguramente por medio suyo se mantenían al tanto del acontecer en el Ministerio de Gobernación y la Policía.
Sin embargo, el asunto se podría analizar de otra forma: ayer también escuché que podría haber quienes en el sector privado hayan suspirado con alivio al enterarse del asesinato de Rivera.
Suena espantoso, pero ya sabemos que el horror es una vena constante en nuestra historia. Así como existen vasos comunicantes entre el Gobierno y las mafias, también hay personajes macabros entre los empresarios. De lo contrario, el crimen organizado no habría alcanzado la preponderancia que hoy tiene.
Luego de trabajar en el Ministerio de Gobernación durante tres administraciones, Rivera conocía a fondo las cloacas del poder en todos sus ámbitos y, sin duda, había acumulado una mina de información comprometedora. No sería raro que eso haya sido su sentencia de muerte.
Como sea, lo que resulta irrebatible es que están ocurriendo cambios importantes en las estructuras de mando vinculadas al crimen organizado. El reacomodo de posiciones viene acompañado de la eliminación física de enemigos de todo tipo, desde traidores y lastres, hasta quienes representan un auténtico obstáculo para sus intereses.
A partir del asesinato de los diputados salvadoreños, hace poco más de un año, se ha desencadenado una serie de crímenes de alto perfil: el asesinato de Giovanni Pacay, el principal asesor del Partido Patriota, el asesinato del colombiano Yesid Nieto el “zar de las esmeraldas”, el asesinato de dos fiscales, Ingrid Borrayo y Fernando Mayén, la matanza de Juancho León y sus hombres, el asesinato de Santiago Stragá y por último el de Víctor Rivera, solo por mencionar los hechos más conspicuos.
Rivera fue un funcionario controversial, pero es obvio que el Ministerio de Gobernación perdió a un operador importante. Hoy existe un vacío enorme en las fuerzas de seguridad y considerando los traspiés que ha dado el Gobierno, uno se pregunta si van a ser capaces de elaborar una solución institucional que pueda enfrentar el desmadre que se nos viene encima.
Ante esta situación, no está de más hacer un llamado a la comunidad internacional. El problema del crimen organizado se puede soslayar hasta que resulta incontenible. Urge arropar a la Cicig para que pueda empezar a trabajar. El crimen organizado, especialmente el narcotráfico internacional, constituye un peligro global. Ya sea que la bomba se encuentre en Colombia, México o Guatemala, la sangre va a salpicar igual de fuerte al estallar.
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