¿Por qué, Señor, no te reíste nunca? Dicen los doctores de la Iglesia que te hiciste hombre en todo, menos en el pecado. ¿Acaso es un pecado reírse? Hablaste con autoridad –“y no como sus doctores”, según el Evangelio– de la paz, la caridad, la sinceridad, la esperanza; la fe, la libertad, el amor, la humildad, la pureza, la misericordia, el perdón, la fortaleza, la prudencia, la alegría…; hiciste de todas estas virtudes centro de tu vida y de tu predicación, ¿y no te reíste nunca? ¿Por qué?
¿No jugaste nunca cuando eras niño, no tuviste nunca un gesto de buen humor, no hiciste ni recibiste nunca una broma? Si nos han dicho que el hombre puede definirse como animal risible, que la risa o la risibílitas constituye parte de su esencia, ¿qué clase de humanidad fue la que asumiste?
¿No será que Mateo, Marcos, Lucas y Juan, Pedro y Pablo; Agustín y Jerónimo, Tomás de Aquino y los demás teólogos de la Iglesia, los papas, los obispos y los sacerdotes nos han transmitido tu figura desfigurada y tu mensaje distorsionado? ¿Es que acaso se oponen a la alegría y la seriedad? ¿No nos exhortó al gozo el mismo San Pablo? Es explicable que no te rieras en la cruz, ni en el Huerto de los Olivos, ni siquiera en la última cena, ¿pero tampoco cuando curabas al leproso o al ciego de nacimiento, multiplicabas los panes y los peces, comías en casa de Marta y de María, bendecías y defendías a los niños, entrabas triunfante en Jerusalén, a lomos de un borriquillo, entre palmas y aclamaciones?
¿Qué ha fallado aquí, qué está fallando? ¿Cuándo han sido la tristeza y el temor buenos consejeros para una pedagogía positiva, constructiva y regeneradora? Si donde abundó el pecado sobreabundó la gracia –esto lo dice también San Pablo–, ¿qué sentido pueden tener el temor y la tristeza como base de una vida sólida y centrada? Así se explica que los cristianos, y más concretamente los católicos, dediquen más tiempo a celebrar tu muerte que a celebrar tu resurrección. Le dan así más valor a lo transitorio que a lo permanente. Ponen más su atención en el follaje que en los frutos. De esta manera, aunque los pastores se empeñen en hacernos ver las cosas de otra forma, por antítesis acaba teniendo razón San Pablo: aunque Cristo haya resucitado, vana es vuestra fe. Porque tu resurrección quizá no dependa tanto de que haya sido verdad cuanto de que nosotros lo creamos.
¿Con qué sinceridad podemos celebrar la Pascua Navideña y la Pascua Florida, inconcebibles sin ti, si no creemos que te hayas reído alguna vez? Yo pienso que tienes que haberte reído muchas veces –caritativamente, claro– de nuestras estupideces y de nuestras tonterías. Y seguramente, más de una, te habrás reído tú solo de ti mismo, bajo la mirada complaciente del Padre.
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