Hace un cuarto de siglo tuve la responsabilidad de dar seguridad al papa Juan Pablo II. Este hecho, que para mí fue insólito, dio inicio un día del mes de febrero de 1983 cuando el obispo de la Diócesis de los Altos de aquella época, monseñor Óscar García Urízar, me invitó a su despacho para pedirme que le apoyara en la visita que realizaría a principios del mes siguiente el papa Juan Pablo II a la ciudad de Quetzaltenango, ante cuya invitación manifesté de inmediato una entusiasta anuencia, sin saber aún que lo que me pediría unos días después era, ni más ni menos, que hacerme cargo de la seguridad del Papa en el encuentro que Su Santidad tendría con los pueblos indígenas, cuya seguridad no era recomendable que fuera proveída por el Ejército, dada la situación que se vivía en el país con un Gobierno de facto.
Ante la evidente preocupación que demostré por un encargo para el que no tenía ninguna experiencia, el Obispo me sugirió que visitara a un sacerdote jesuita quien me apoyaría en la atrevida aventura. Más preocupado aún, pensando que un sacerdote no serviría para un asunto de esa envergadura, y con mucha desconfianza le visité, y para mi asombro resultó ser ex piloto militar, una persona con experiencia en el tema, quien había sido capellán de las fuerzas aéreas española y guatemalteca, y con quien fue relativamente fácil planificar en detalle la estrategia para atender la concentración, así como toda la logística que sería necesaria.
La tarea incluyó en un primer momento levantar un plano topográfico del antiguo aeródromo de Quetzaltenango, en el cual se diseñaron y marcaron adecuadamente las áreas en que se asentaría cada grupo que viajaría de diversos puntos del país y del sur de México, representando las diferentes etnias; una vez definido en mapa esas áreas, se señalizaron y se informó a las comunidades a donde debían instalarse el día de su llegada al aeródromo. Luego se instalaron los servicios de cocinas y sanitarios, dejando en todo el terreno indicadas las calles por donde se haría el recorrido del vehiculo Papal. Y en un lugar estratégico se instalaron las facilidades desde donde el Papa daría su mensaje, un área amplia y cubierta, simulando un rancho del área rural guatemalteca.
Los costos de toda esta adecuación fueron cubiertos por un quetzalteco residente en el exterior, quien inmediatamente que supo de la visita del Papa manifestó el deseo de contribuir al efecto, aportando la totalidad del costo, lo que permitió cubrir todos los gastos, incluida la información que por diversos medios de prensa escrita y radial hubo que realizar.
La visita del Papa se llevó a cabo el día 7 de marzo de 1983 por la mañana, un día soleado y aún frío, ante una concentración totalmente ordenada de más del medio millón de personas esperadas, las que vinieron de todo el país y del sur de México, algunos viajando hasta dos días a pie. El helicóptero de Su Santidad aterrizó a la hora prevista, y luego dio un mensaje en idiomas k’iche’ y español en el que apeló al compromiso por la paz y la no discriminación, al final del cual realizó un recorrido largo por los caminos previstos en medio de aquel “mar de gente”, recorrido en el cual estuvo cercano a miles de personas que de manera respetuosa y ordenada tuvieron la oportunidad de ver de cerca a Su Santidad.
Concluido el recorrido, el Papa y sus asistentes se trasladaron a pie al lugar en que se encontraban los helicópteros que les transportaría de vuelta a la capital, y los cuales se encontraban en un área a cargo del Ejército. Y como que se hubiera hecho un anuncio, muchísimas personas corrieron para llegar a ese sitio, poniendo en riesgo la seguridad del Papa, por lo cual los pilotos accionaron los motores con lo que las aspas levantaron una polvareda que frenó a la muchedumbre que se acercaba peligrosamente. Felizmente el Papa pudo alcanzar el helicóptero y este volar, con lo que no hubo ningún incidente. Fue pues notorio que mientras el Papa permaneció en el área que estuvo a cargo de la comisión civil nadie se movió de su lugar; pero cuando el Papa se desplazo al área cuya vigilancia no nos correspondía, dio la impresión que se entraba a tierra de nadie.
La visita del Papa concluyó unas cuatro horas después de su llegada, y el pueblo que asistió inició, de manera muy ordenada, su retiro del aeródromo. Esta fue una experiencia memorable, de gran satisfacción por haber cumplido sin contratiempos con tan complejo encargo.
De manera que efectivamente colaboré en la seguridad del recordado papa Juan Pablo II, en su visita a Quetzaltenango hace ahora exactamente 25 años.
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