El lunes pasado escribí sobre Víctor Rivera, el ícono de la seguridad que una semana antes quedó fuera de Gobernación. Sabía que familiares de víctimas de secuestros –incluyendo empresarios y activistas humanitarios– le agradecían muchísimo. Inimaginable que alguien había decidido su muerte al final de ese mismo día.
Pasada la medianoche entró a mi celular un mensaje de texto enviado por un periodista. No me percaté y lo leí, incrédulo, hasta las 5:00 p.m. Más tarde la evidencia fue abrumadora: los matutinos con escuetas notas y una foto, y minutos más tarde, el chorro imparable de llamadas. Conmoción absoluta.
Arranco esta nota 24 horas después de haber recibido el mensaje de texto y, claro, no puedo continuar el debate del lunes. Rivera ya no está. Ratifico lo que escribí (“no es el nombre, es la función”) sobre sus calidades profesionales. Insisto en que el Estado no puede replicar esas figuras que viene anidando desde hace medio siglo: las crea, las alimenta, las catapulta y al final las engulle.
Pero el cuadro –la inseguridad, la impunidad– sigue empeorando. Y la misma excusa: no hay gente preparada para asumir la tarea, el sistema es inoperante, debemos tomar atajos.
Nuestro sistema de seguridad está postrado, en efecto, atravesado por el crimen y sin moral. Y eso Víctor Rivera no lo podía resolver. Además no era su misión. Él llegó a Centroamérica a apoyar a Napoleón Duarte, entonces presidente de El Salvador, enfrascado en una guerra civil urgido de una “tercera vía” entre guerrilla y militares. Rivera vino a Guatemala respaldando la reforma de Cerezo contra el monopolio militar de la seguridad. Era un asesor profesional. Discreto operador de seguridad. Un excelente investigador privado. Pero en el último período de Gobierno (sobre todo en 2007) aceptó romper sus propias reglas y quedó expuesto. De todos modos, para muchos era “el protector”, ante la ausencia de Estado. Una amiga me escribe en la mañana: “Ahora, ¿quién podrá defendernos?”, y resume un sentimiento extendido entre las élites.
No tengo hipótesis sobre el origen del atentado criminal contra Rivera, pero no me parece lógico abonárselo al Bin Laden de la provincia oriental. Insisto, el establishment engulle a sus gurús que con base en operaciones encubiertas de inteligencia conocieron el centro nervioso del poder truculento de Guatemala. Este crimen quizá sea un parteaguas entre Gobierno y empresarios, y abonará a una ingobernabilidad in crescendo.
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