Van 88 días del Plan de los cien días. Autoridades, médicos, enfermeras y pacientes hacen su
propia evaluación de la propuesta oficial. Pero las demandas no coinciden con las respuestas.
Por: Claudia Palma
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Sentada en una banca en la consulta externa del hospital general San Juan de Dios en Quetzaltenango, para Michelle Quiroa, madre soltera de 25 años, las promesas de gratuidad de los servicios de salud anunciadas por el Presidente como parte de las metas del Plan de los cien días son ajenas. El sábado 5 llevó a su hija André, de dos años nueve meses, a la emergencia. Tras esperar nueve horas salió con una receta de Clavulín y de Sertal en mano y con unos cuantos quetzales menos, luego de pagar en un laboratorio privado los análisis. A la niña le diagnosticaron el comienzo de una infección urinaria. El lunes 7 volvió a la consulta sin síntomas de mejoría. La pediatra ordenó nuevos exámenes y cambió su tratamiento. A Michelle -quien perdió su trabajo pues su jefe no le creyó que debió esperar cinco horas a ser recibida en la Pediatría- no le quedan más que Q400 por capital. Su presupuesto se ha consumido. “Quisiera no tener que pagar por algunos servicios ni regresar a casa sólo con la receta ”, dice. Para la dirección, las prioridades son otras, distintas a las de Michelle. El proyecto del reforzamiento del intensivo de adultos del hospital -que cuenta con 6 camas en donde se atienden un promedio de 2 mil emergencias mensuales y 900 cirugías- se venía fraguando desde el año pasado. El director, Gustavo Rodas, se refiere al aporte gubernamental de Q4.1 millones en equipo recibido. Al escucharlo describir la planificación del intensivo, queda claro que el proyecto que requería más apremio era anterior al Plan de los cien días y que la coyuntura política favoreció su avance. “La prioridad del Plan era sólo reducir la presa de pacientes”, confirma el galeno. “¿Estamos en el plan?”Esa es la pregunta que Joel Urízar, subdirector del hospital de Sololá, otro de los nosocomios regionales priorizados en el Plan de los cien días, se hace. El centro asistencial tiene apenas 65 camas y la ampliación es impostergable pues sirve como referencia a municipios de Totonicapán, incluso algunos de la costa sur. Hasta ahora, el diagnóstico de necesidades todavía debe completarse y con lentitud se realiza la contratación de especialistas.Mientras las respuestas gubernamentales llegan, el jefe de la maternidad –uno de los servicios con mayor demanda- se ingenió conectar unos cables a una pantalla de un televisor que le permitiera ver los ultrasonidos de sus pacientes. La pantalla del aparato se quemó desde hace más de seis meses y tampoco pueden imprimirse los resultados de los exámenes. Otros médicos entrevistados ven como una bondad, aunque no lo atribuyen al plan de los cien días, la eliminación de cobros por cirugías laparoscópicas que oscilaban entre Q1,500 y Q2,500. Inaugurado dos vecesLos cuatro monitores y ventiladores modernos, comprados con el acuerdo de excepción en 2006, dan la apariencia de un intensivo de prematuros moderno en el hospital de Santa Cruz del Quiché.Sin embargo, siete bebés deben compartir un oxímetro de pulso, el cual mide la cantidad de oxígeno en la sangre. Se requiere al menos de un ventilador y un monitor más. Además, algunos pequeños deben conformarse con ser calentados con lámparas, porque no hay suficientes cámaras térmicas que los ayuden a mantener la temperatura de sus cuerpos. Curiosamente, el intensivo fue inaugurado por las autoridades de Salud nuevamente en marzo de este año. De los Q20 millones de su presupuesto, Q15 millones son intocables pues están destinados a funcionamiento. |
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