Es triste que en el nombre de Dios, algunos creyentes consideren necesario imponer sonidos elevados por arriba de los límites permitidos por la OMS, instalan iglesias en lugares inadecuados, dejen basura en la calle que afectan al vecino, se obstruye el tránsito, hacen sus necesidades fisiológicas en la calle por falta de servicios sanitarios adecuados dentro de la iglesia, se obliga a familias a buscar un nuevo lugar donde vivir porque ya no pueden descansar cuando regresan a sus casas, otras tratan de aguantar hasta los límites de la paciencia, los abusos y falta de respeto a los derechos de todo ser humano.
Algún día se preocuparán para regular este tipo de situaciones que afectan la salud física y emocional. Los mismos feligreses pueden estar quedando sordos, por el volumen tan alto de sus equipos de sonido.
Creer en Dios es bueno, pero también hay que ser un ejemplo vivo de su amor. Eso pasa ahora en casa, se sufre del robo de nuestra paz y tranquilidad.
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