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Saliendo de la casa de mis viejos, media cuadra hacia abajo, los túmulos. Al pie de éstos, apostados a media calle, dos bomberos alcancía en mano. Noto, por el acento, que no son de aquí. Salvadoreños: lo dice el escudo bordado en la camisa. Invento una excusa cortés y sigo de largo para no rematar con un pobre pelele cuya función se limita a seguir instrucciones. Ganas tengo, eso sí, de dar con el responsable para explicarle que cualquier causa o labor, por muy noble y urgente que sea, sucumbe cuando se cede a prácticas como esa de andar provocando lástima en el prójimo; y para decirle que suficientes limosneros pululan ya por aquí como para que, encima, tengamos que acoger a mendigos foráneos. Tan arraigado tenemos el recurso del chantaje sentimental (tan sumergidos estamos en el mañoso y cochino fango de la sensiblería, tan institucionalmente atravesados por los tortuosos mecanismos de la manipulación), que ya ni siquiera advertimos la cantidad de sus variantes. Día a día nos toca lidiar con muchas de ellas, y ése providencial cinismo chapín enajena a algunos, mientras el resto termina asumiendo que la cosa no sólo es normal, sino del todo deseable, y hasta –colmo de colmos– meritorio. La Teletón, el McDía Feliz, bingos para esto, loterías para lo otro, rifas, diezmos, talachas, coperachas, centavos del vuelto en el súper y en el banco, aluviones de efímera generosidad cada vez que ocurre una catástrofe. Un colosal operativo de lavado de conciencias. Donde hay acumulación, abundan las migajas; y claro, abunda también una miseria circundante que no se subsana –seamos realistas y admitámoslo de una vez– arrojando el desperdicio al pobrerío como quien arroja las sobras del festín a los perros. ¿Solidaridad? Qué va. Compartir es distinto que ayudar a cuentagotas. |
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