En medio de la crisis del huracán Katrina en New Orleans –fenómeno que impresionaba al mundo por su inclemencia, fenómeno que le costó a EE.UU., entre otras cosas, más de 400 mil puestos de trabajo– iba en mi carro escuchando un programa de micrófono abierto, en el cual se trataba el tema de la desnutrición infantil y se defendía vehementemente la tesis de la caña de pescar. Los ponentes dogmáticamente preparados y convencidos, expresaban vehementemente que no se debía atender el hambre de nuestros niños, sino más bien, enseñarles a trabajar para que ellos y sus padres pudiesen procurarse una alimentación adecuada.
Realmente me molestó mucho esta posición, pues la desnutrición crónica infantil, jamás debimos haberla dejado avanzar a los niveles vergonzosos que ha llegado, afectando a uno de cada dos de nuestros pequeños menores de cinco años, con lo cual les condenamos a una cadena perpetua de subdesarrollo físico y mental… este problema debió ser emergencia nacional hace muchos años y al no serlo, nos hemos posicionado como la nación más atrasada –en este indicador– de toda Latinoamérica, incluido Haití.
Llamé sin pensarlo más al programa, para hacer –al aire– un comentario sarcástico, respecto a la forma en que se enfocaba la temática. Les dije a los conductores: “Siguiendo su tesis de la caña de pescar, sería bueno recomendaran al presidente Bush, no enviar a rescatar a los habitantes de New Orleans que están sin alimentos sobre sus techos, sino –siendo consistentes con la tesis– lo aconsejable sería enviarles cañas de pescar… aprovechando el agua que anega el lugar”. La ilustración era del todo válida, pues tan emergencia era aquella, como la es la de sacar de la desnutrición crónica a nuestros pequeños.
La desnutrición crónica infantil tiene graves connotaciones éticas; nos pinta de cuerpo entero como una sociedad deshumanizada, pero además nos resta competitividad; un niño desnutrido crónico tiene –además de un precario desarrollo físico– (son chiquitos) atrofiado –irremediablemente– su cerebro. Por lo tanto podemos inferir que la mitad de nuestros niños, no tienen cerebros brillantes… sino opacos. La competitividad empieza por seres humanos aptos, con actitudes correctas, fuerza, ilusiones e ímpetu… la desnutrición crónica arrebata –actualmente– estas virtudes de las vidas de la mitad de nuestros pequeños.
Aplaudo que, por fin, se haya declarado la emergencia nacional, el atender este vergonzoso problema. El Gobierno tiene en sus manos ahora hacer las cosas bien, de forma transparente y eficiente; de así hacerlo, será aplaudido igualmente por la historia. También tiene la opción de desenfocar el objetivo y “aprovechar” malamente este esfuerzo urgente, para desfalcar y hacer propaganda para las próximas elecciones, si así lo hace se estará equivocando y estarán traicionando a su patria ¡cuidado!
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