En los últimos años, China se ha convertido en un miembro cada vez más influyente de la comunidad internacional. El factor decisivo ha sido su creciente poderío económico que automáticamente le ha enganchado un sinnúmero de aliados políticos. A pesar de ello, después de su letargo, la fiesta olímpica que se celebrará en el mes de agosto en Pekín, con pompa alucinante, ni duda cabe, sería ni más ni menos que la “presentación en sociedad”, de un país aislado de la comunidad humana.
Bajo el lema de “un mundo, un sueño”, el Gobierno de Pekín, confió que las olimpiadas podrían zanjar los resquemores que Occidente mantiene con China debido a su menosprecio de la libertad individual y los derechos humanos. En estos dos aspectos, la superpotencia, aún no llena los “estándares” de una sociedad mundial globalizada.
Lo que el Gobierno chino falló inexplicablemente en prever, fue que Tíbet aprovecharía la dorada oportunidad de presentar al mundo su caso: a partir de 1949 cuando fue invadido por los chinos, el pueblo tibetano ha sufrido la más flagrante violación de su derecho a existir, no solamente como nación independiente, sino como una comunidad humana con el derecho a crear y mantener una expresión cultural. Precisamente debido a esto último, el Dalai Lama ha señalado que en Tíbet se ha cometido un genocidio cultural. Aparte de la represión que la Policía del Pueblo ejerce en forma directa, Pekín ha diseñado una habilidosa estrategia de masiva invasión de ciudadanos chinos a territorio tibetano, de tal manera que corren el riesgo de convertirse en una minoría en su propio país.
La tournée de la antorcha que auguraba ser una apoteósica muestra de respaldo para la nueva China, se ha convertido en una pesadilla. En Londres las manifestaciones no solamente lograron que la ruta se acortara, sino que la antorcha tuvo que viajar en bus un buen trecho para su resguardo. En París, fue extinguida en varias oportunidades por la Policía francesa, “por razones de seguridad”. Aparte, el presidente Sarkcozy ha anunciado la posibilidad de no asistir a la ceremonia de inauguración de los juegos. En San Francisco, a pesar de todas las medidas preventivas, las demostraciones masivas impusieron una versión muy deslucida del evento.
Los acontecimientos nos demuestran que en la aldea global, existe una creciente conciencia de los ciudadanos de la vulnerabilidad que tenemos frente a los gobiernos y una creciente solidaridad por las causas humanas. Así el lema gestado en Pekín “un mundo, un sueño”, pareciera una profecía irónicamente revertida. ¿Podemos atrevernos a soñar que un día, los ciudadanos del mundo tendremos peso suficiente frente a los diversos poderes que nos subyugan, y moldear una realidad más benigna?
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