Estoy hastiada de opinar, menudo aprieto para una columnista cuyo oficio semanal es dejar testamento de sus efímeros juicios. El problema es que aunque me calle la boca o cruce los dedos la mente rebelde no se abstiene y sigue evaluando, calificando, sentenciando. Quizás está demasiado acostumbrada a afianzar su identidad en un punto de vista, la pobre.
A veces (solo a espaldas de la vanidad) esto de emitir opinión se me antoja un ejercicio infructuoso y superfluo. Pareceres, sobran. En este país crecen como hierbajo las opiniones desmesuradas y vehementes. Podríamos exportarlas si no fueran un producto tan silvestre y común en el resto del mundo. Pero puedo asegurar, porque converso y le entro al chisme, veo tele, oigo radio, leo blogs, editoriales y a veces hasta las cartas del lector, que la capacidad de juicio es el bien más democráticamente repartido entre los humanos.
No todos la ejercen de la misma forma. Algunos con más verbosidad, otros con menos elegancia.
Desconfío visceralmente de aquellas personas que tienen una opinión (por lo general incoherente) sobre cada nimio evento. También de otras que cuidan con exagerado primor su jardincito de juicios. Pero todos los seres opinionados compartimos una cierta demencia visto el obstinado afán con que renegamos de los hechos. Nos lanzamos con ahínco a atropellar la realidad con las palabras y, ¿a qué fin? Ella sigue allí, imperturbable.
Por más imparciales que intentemos presentarnos en este ejercicio acabamos por resbalar de un lado o del otro. Contemplar la realidad sin sesgos, de frente y sin palabras, nos aterra. Eso es para los monjes del Tíbet, tal vez. A nosotros los maceguales no nos queda más que apechugar con la opinión.
Y bueno, si hay que tolerarla así como toleramos otras exudaciones inevitables, ¿podríamos al menos pedir que sea esta bien informada, expresada con gracia y, de no ser imposible, guardada lo más lejos del pecho? Es, por cierto, solo una sugerencia. Algo así como pedirle al vecino de cubículo que, porfa, tenga la gentileza de untarse un poco de desodorante en la axila antes de venir por la oficina.
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3 comentarios:
zamara campos: (2008-04-14 22:42:02 horas)
Estimada Maria Olga, como se dice no gaste polvora en zanate. Este pobre sujeto más que desorante lo que necesita es un transplante de cerebro.
Luis Alvarado: (2008-04-14 16:26:09 horas)
"El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, ya que cada uno estima estar tan bien provisto que hasta los que son los más difíciles de satisfacer en cualquier otra cosa, no suelen ambicionar por lo general más del que poseen." Descartes
Andrés Zepeda (el bobo de la caja): (2008-04-14 11:13:53 horas)
“Bien informada, expresada con gracia y, de no ser imposible, guardada lo más lejos del pecho”. ¡Ja! ¿Y no quiere, vecina de cubículo, que le llevemos todos los días su cafecito al escritorio?
Conmigo no cuente más que para lo primero. Las patas me hieden, sí, pero eso es normal entre los que nos movemos mucho a pie. Y ciertamente, a veces me apestan también las chilacas, aunque por fortuna no tanto para que el tufo alcance a llegar de su lado... creo.
Mejor baje un poco la nariz, y verá cómo así se sienten menos fuertes los olores del prójimo.
Es, por cierto, sólo una sugerencia.
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