Siete en punto de la mañana. Estoy leyendo sobre el estado de emergencia nacional por la desnutrición. Mientras leo esto, observo cómo la cuesta que va del Colegio Bilingüe Vista Hermosa hacia la Landívar se desborda de camionetas con vidrios oscuros y blindados; Suburbans, Mercedes Benz, Volvo, Cherokee, picops subiendo con arrogancia. Un espectáculo poco común para los escasos espectadores de esta hora: derroche y nulo respeto por los ciudadanos y la ciudad. Dentro de las inmensas Suburbans y demás tragadores de gasolina, cuatro y hasta cinco hombres entacuchados y encorbatados viendo hacia fuera, llevando a niños y jóvenes al Colegio Americano. Se estrella este despilfarro ante mis ojos con lo que leo.
En el mismo escenario donde la desnutrición está matando niños, otros niños comienzan la jornada (los del Colegio Americano), entre escopetas, guardaespaldas, carros blindados, bocinas, celulares, iPods, ajenos al mundo, distraídos del país que les rodea. Hay aquí personas que tienen más seguridad que el Presidente. ¿Cómo es posible tanto desequilibrio?, me pregunto.
Casi no paso tiempo en la capital, y cuando lo hago, no dejan de sorprenderme estos circos de seguridad privada con los que las oligarquías locales visten las calles de la ciudad. No deja de cautivarme el despilfarro y el espectáculo de sus estúpidos carros, en su eterna competencia por ver quién llega en el último modelo.
Hablando de espectáculo, recuerdo con vergüenza ajena la puesta en escena de una chica de este mismo colegio, que fingió un secuestro, por “pertenecer”, porque “los secuestros estaban de moda”.
A contratar servicios de inteligencia, el desamparo de la familia, a buscar cómo pagar… ¿Y la niña?
Obstinada con ser parte de esa élite secuestrable, repitiendo: I’m cool because I’m in American School.
Con tristeza veo bajar a los niños ayudados por los guardaespaldas que sujetan sus mochilas y loncheras y trato de imaginar qué Guatemala se enseña detrás de esas aulas, seguro que no la de un conflicto armado, probablemente no se hable de la república bananera, ni de la intervención yanqui.
Recuerdo la indiferencia por la realidad social, política y cultural, la apatía por conocer al “otro”, las actitudes pretensiosas que caracterizaban a mi generación en el Americano.
Cuando empezaba a estudiar antropología, una chava del Americano me preguntó qué era la antropología. Al contestarle, ella dijo: “Ala qué virgo, le juro que a mí los inditos me parecen re cool, pues”.
La educación debería ser un camino en la comprensión del mundo que habitamos. Pero aquí, en este colegio, no es más que un espacio que legitima su visión cool de ver y estar en el mundo: graduarse con altos niveles de inconsciencia, ignorancia de lo que pasa, despreocupación sobre lo que sucede e incapacidad de pensarse a sí mismos y al mundo que les rodea.
Miro a los niños que entran al colegio de la mano de los guardaespaldas y pienso: ojalá aprendan a relacionarse como niños y no como categorías, ojalá sepan desaprender los modelos de exclusión que ahí les enseñan. Ojalá puedan liberarse para ser ellos mismos y no ese molde impuesto.
Me arde que la ciudad se inunde de esta seguridad privada. Todos los guatemaltecos necesitamos seguridad, pero ¿por qué no hacer los buses escolares más seguros entonces? La lógica de los padres es “yo blindo a mis hijos”. Tanto Municipalidad como los colegios deberían estimular el uso de buses escolares. Pero aquí, por lo que veo, todos los niños vienen no en uno, sino en varios tragadores de gasolina.
La ciudad es de todos. El espacio debería ser una expresión del derecho a la libre locomoción, poder pasear y transitar la urbe sin tanto agobio. ¿Por qué entonces tanto derroche, señores? ¿Qué tal una campaña del sector privado para acompañar los procesos de seguridad alimentaria para los niños desnutridos? ¿Qué tal un poco de responsabilidad empresarial y humana? Que ni un niño más muera de hambre. Creo que podemos comenzar a ver a estos niños con otros ojos. Y si es posible, ¿qué esperamos?
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