Marlon Meza Teni es un autor nuestro que reside en París, escribe y es
profesor de piano y dirige una banda, o algo por el estilo, lo que me
indica que anda medio a pie y en mula entre dos actividades creativas
que se complementan muy bien, lo que explica la sonoridad en sus textos.
Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
Marlon Meza Teni es un autor nuestro que reside en París, escribe y es
profesor de piano y dirige una banda, o algo por el estilo, lo que me
indica que anda medio a pie y en mula entre dos actividades creativas
que se complementan muy bien, lo que explica la sonoridad en sus
textos. La editorial Magna Terra publicó sus cuentos bajo el título
exótico de Secretos de café con fin, piezas narrativas que conforman la
obra narrativa singular de un chapín con nombre que parece seudónimo,
de identidad confundida, perdido en un museo llamado París, pensando en
Guatemala, un país pacífico que se volvió violento a la fuerza, que
está en los mapas con el dibujo de balas y masas explotadas de atuendo
raro, y escribe con la ternura del individuo separado de los suyos,
apegado a la memoria de las Verapaces y el chipi chipi del pasado,
porque ya no es verdad. Me interesó particularmente el relato llamado
Retrato de cuna con mecedora, nombre complejo donde los personajes
también tienen nombres raros, y hablan como declamando (“Déjame más
minutos de escena y quítame el mamporro inconveniente de los
aplausos…”), y cuentan el relajo de un protagonista que actúa en el
escenario, vive lejos de su realidad, determinado por el pasaporte.
Afuera
está la Ciudad Luz y la irrealidad de la noche con fondo de jazz, el
teatro del amor en la intimidad con una mujer salida del cine que se le
escapa de las manos por cansancio, porque hay una nota que no suena
apropiada. Entonces llega la llamada de la patria, la voz de una mujer
que tiene nombre de verdad, Carmen, que lo llama para contarle que su
padre acaba de morir, que “nadie quiso vestirlo”, que “los de la
funeraria fueron y le quebraron los huesos porque estaba frío”, una
llamada que en realidad pudo haber sido llorosa y sentimental, pero que
él escucha violenta y lacerante, porque lo que preocupa al protagonista
es el sentido de la vida que no se afirma por ninguna parte, el
sinsabor del resentimiento hacia la figura paterna que menosprecia por
el abuso y el soborno. El chapín habita en París, una experiencia que
se le facilita orientar al autor dada su propia experiencia, y piensa
en la madre también desaparecida de manera terrible, como un mal que
corre por su sangre como el vacío, porque debe admitir que el tiempo
pasa, que está solo, y que “no quedó nadie del otro lado del mar”. No
es exilio, es destierro, y no hay perdón. Como si los hombres nos
mereciéramos acarrear con el pecado, porque “en París siempre has
tenido costumbres nocturnas de poca fe”. La ciudad museo aparece
descrita como un refugio en su “huída hacia la soledad y el anonimato”,
tremendo destino. Es el sabor que impera en la narrativa de este autor
nuestro que desde el otro lado del mar nos escribe historias repletas
de confusión, desgarradas, de “tuve que conformarme”, de habitante en
una “estación de paso” de la cual ya no hay retorno. Es la historia de
alguien que se siente culpable lejos, que añora lo perdido y que entre
el humo del cigarrillo sigue escuchando el ruido de nuestros barrancos.
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