Arquitecta, vivía en Brasil. Sus amigos y familiares la recordaremos.
Eduardo Velásquez
No cabe duda que el tiempo, “el implacable, el que pasó”, no se detiene. Hace una semana estuve, por razones de trabajo, en la ciudad de Sao Paulo. Como siempre, me he encontrado con los amigos brasileños y especialmente con un querido amigo guatemalteco, el arquitecto José Roberto Escobar Sarti. Beto llegó al Brasil siendo todavía un estudiante, en las primeras camadas de universitarios guatemaltecos que se incorporaban a las universidades brasileñas. Estudió arquitectura en la Universidad de Sao Paulo (USP); en la que se graduó. Posteriormente se casó con Virginia Ferreira, originaria de Mato Grosso do Sul, fincando su residencia en la urbe paulistana desde hace 40 años.
Procrearon dos hijas: Carolina y Juliana. Cuando mi generación llegó en la década de los ochenta del siglo pasado al Brasil, fuimos poco a poco conociendo a los chapines que por allá habían echado raíces. Tuvimos, entonces, el gusto de ir conociendo a las familias de Leticia de Pezzolo, y la de los doctores Guido Orozco, Óscar Galindo y a los Ferreira Escobar, entre otras. Para los días festivos éramos convidados a la casa de Roberto en la Rua María Luisa Altenfender Silva; entre los barrios de Butanta y Morumbi, para compartir un churrasco. Íbamos llegando las familias guatemaltecas, como los Posadas Pinto, los Galindo, los Orozco, los González Lacs–Guirola y los estudiantes que todavía éramos solteros como los doctores Jorge Palacios, Ana Guadalupe Molina, Silvia Contreras, Jorge Coco Paiz y el ingeniero José Carlos Gil; con el objetivo de “matar saudades” de Guatemala. En medio de tales fiestas fuimos viendo crecer a las “nenas” que para entonces eran Ana Lucía Posadas Pinto y las hijas de Roberto, Carolina y Juliana. Jugaban infatigablemente a las “muñecas”.
Con los años supe que Juliana se había graduado de arquitecta. A seguir continuó sus estudios en Europa, habiendo estado en Serbia, en donde conoció a su esposo, Daniel. De retorno en la gran urbe paulista, ya casada, tuvimos con Patricia, mi esposa, la suerte de conocer a su pareja. Para entonces, su madre Virginia ya había fallecido. Hace un año y medio que a Juliana –con 30 años– le detectaron un cáncer en la cabeza y desde aquel fatídico día, Roberto, mi hermano, no tuvo paz ni consuelo. Es domingo y me acercó al altar mayor de su casa, una amplia mesa de madera para almorzar. Su familia está reunida, cuidando a su hija desahuciada. Cuando se acerca la hora de retirarme, subo a la antesala del dormitorio de Juliana para despedirme de Ofelia Sarti viuda de Escobar, abuela y madre cariñosa; cuando la enfermera abre la puerta y por la ranura, a través de un rescoldo de luz, me ve Juliana y me llama: Guayo. Entró callado, me acercó y le doy un beso en nombre de los suyos y de los míos de Guatemala y siento un débil apretón de manos. De retorno en nuestra ciudad, un día después me entero que Juliana ha partido para encontrarse con Virginia, a quien llamaba desde hace algunos días. Sus familiares y amigos la recordaremos con una misa en San Judas Tadeo, el día jueves 17 de abril del año en curso, a partir de las 18:30 horas.
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