Algunos piensan que yo debería ser amable siempre. Y eso no.
Amable Sánchez Torres
Hay una premisa latina según la cual de nominibus non est curandum: del nombre no hay que preocuparse; el nombre importa poco. Pero, según otra, res conformat nóminem: el nombre y la cosa se adecúan, guardan conformidad; de tal manera que, oído el nombre, cualquiera pueda identificar la cosa de que se trate y no confundirla con ninguna otra. Entre los seres humanos, en los ámbitos social y moral, se habla de tener un buen nombre, de haber heredado un buen nombre, de poner el nombre en alto. Están ahí la casta, la raza, la herencia, el prestigio, la honorabilidad.
Pero yo me pregunto: ¿será tan importante, por ejemplo, llamarse José como llamarse Ernesto? Porque, según Oscar Wilde, llamarse Ernesto es muy importante. Por mi parte, debo confesar que, cada vez que me llaman José o don José, me siento como descafeinado. Es decir: desvaído, desyosado, desidentificado… Como si no se tratara de mí. Como si lo que oigo fuera un vago eco, en vez de un nombre preciso. Lo primero que se me impone entonces es una conclusión: esta persona no me conoce, y, si no me conoce, ¿por qué habré de fiarme de ella? Lo segundo, casi un sentimiento de angustia: yo ya no soy yo, si no soy yo tampoco soy mi circunstancia, y si no soy yo ni mi circunstancia, ¿qué fregados hago aquí? ¿Cómo y por qué habré de comprometerme con nada ni con nadie? No es que no haya habido Josés famosos, que los ha habido. La lista podría ser muy larga.
Tampoco se trata de que llamarme Amable me resulte más fácil. Al contrario. Precisamente, por eso de que res conformat nóminen, algunos piensan que yo debería ser amable hasta cuando estoy dormido, incluso hasta cuando me mientan la madre o me patean la canilla. Y eso tampoco. Me resultaría mucho más fácil parapetarme humilde, incógnito y opaco tras de José. Y desde ahí ver pasar la vida y la gente como desde su tonel Diógenes el Cínico. ¿Que apenas quedaría de mí un Chepe o un Pepe? ¡Qué más da! Al fin y al cabo, a pesar de lo de la cosa y el nombre, el problema no está en el nombre, ni la altura ni el fondo, ni el futuro ni lo que el futuro nos depare. El genio y la figura apuntan mucho más allá.
Que Dios perdone al cura de mi pueblo –don Faustino se llamaba– por no haberme dejado solo el nombre de Amable, como mi padrino quería. Pero no. Que este nombre no existe, que no está en el santoral, que hay que ponerle un nombre conocido. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho. Y así fue. Solo uno del pueblo me llamó siempre José. Y otro, solo otro, me llamó Torres. Torres. Con campanas y cigüeñas y veletas…
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