Presenciar el paso de la reciente marcha del CUC fue realmente patético, y motivo de enojo descubrir la estela de paredes manchadas con rociadores importados que dejaron los campesinos y sus amigos extranjeros como registro de su visita a esta Capital. Débiles las consignas de los participantes, pasadas de moda y sin pasión, y los dibujos en los muros una sarta de colochos, sapos y culebras, formando una larga cola de excremento sin sentido. El mural de la culebra en el Boulevard Liberación, mil veces pintado y repintado por la Muni, volverá a requerir de nuestro aporte colectivo vía el boleto de ornato para tapar los despojos. ¿Harán lo mismo en sus países los extranjeros que apreciamos infiltrados en la marcha?
En los tiempos de los dictadores manifestar implicaba riesgo, los campesinos se jugaban la vida, y la población se solidarizaba con sus demandas. Estudiantes comprometidos se sumaban a las protestas, y compartían el embate de la represión. Pero hoy en día la gente se incomoda con los manifestantes por la congestión de tráfico que producen, y no hay riesgo alguno porque el Gobierno recibe a los manifestantes con tamales y abrazos. La marcha se me figuró un desfile alegrado y avivado por la presencia de canchitos y canchitas viviendo una experiencia exótica, venidos del otro lado del mundo a lavar su conciencia de ciudadanos civilizados entre enclenques manifestantes de la barbarie de piel color lodo. Quizá las marchas se conviertan en un producto no tradicional para atraer turismo. Imagínense el anuncio: “Visite Guatemala y participe por tres días en una marcha de campesinos”. Me causó sorpresa leer sobre el muro lateral de un hotel en la Avenida de la Reforma algunas consignas medio chapuceando el idioma de la globalización: “Soa wath? Present in the strugle”, que he copiado literalmente. Recordé así la anécdota que nos hace reír a los amigos cuando nos ponemos nostálgicos, sobre un político que en los años setenta decidió integrarse a una célula revolucionaria en La Antigua, y en su primera reunión le asignaron de tarea dibujar pintas en los muros encalados de su ciudad. El susodicho pidió cambio, porque estaba dispuesto a poner bombas o a empuñar la escopeta, pero que eso de “manchar paredes no, porque es seña de mala educación”.
La marcha pasó sin pena ni gloria. Nuestro Gobierno, para mientras, responde a la pobreza y alza de la canasta básica con el derroche, porque ahora solidaridad significa endeudarnos más y gastar en publicidad para proclamarlo. Nada de austeridad y que viva la impunidad, es el mensaje rimado que recibimos a diario, todo más caro y que triunfen los pícaros, porque al ‘teacher’ Jovial que le paguen aunque no trabaje, y hay que trasladarle varios milloncitos al abogado bien emparentado de los maestros, mientras los campesinos marchan en balde por los caminos, impotentes y muertos de hambre. A eso se le llama ahora social democracia. Guatemala está de cabeza.
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