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Si algún mérito hay que reconocerle a los mareros (esta reflexión se la debo a mi amigo Javier Payeras), si algo de solvencia moral podemos advertir todavía en su vademécum de indefendibles actos, es esa renuencia suya a sucumbir al juego oficial y facilón de abrirse espacios a fuerza de provocar lástima en los demás. Yo creo que buena parte del odio visceral que les tenemos va mucho más allá del terror que son capaces de infundir en nosotros, y se desprende más bien del complejo de sabernos moralmente inferiores a ellos: todos somos putas en este atascadísimo mercado de lágrimas. Reflexionando sobre estas cuestiones me encontraba cuando releí la carta de un aguerrido pariente cuyos comentarios considero relevantes y resumo a continuación: Mientras, sentado en su salita de Kalea, algún pseudo-intelectual bienpensante empieza a sentir lástima y culpa, sus cavilaciones por lo general lo llevan a decir: pobres los indios, pobres los palestinos, pobres las focas, pobre los bosques, pobre el mar, pobres los pobres, pobres los gays, pobres los africanos… y la lista sigue. Es imposible negar que hay gente comiendo mierda en este mundo; el problema es esta nueva categoría de gente que cree salvar el planeta comiendo verduras orgánicas, preocupándose por el contenido de aluminio en la pasta dental, tomando sólo té y pan integral y azúcar morena. Luego, a partir de un arrebato de “claridad mental”, se identifican con alguna causa, pero en realidad no se identifican con la causa por la causa en sí, sino simplemente catalizan la culpa. A esta generación entera de activistas alimentados por la lástima y no por el amor a la humanidad, lo único que les pido es que busquen causas relacionadas directamente con ellos. ¿Estás dispuesto a dar tu vida –la tuya, no la de otros– por lo que pensás? |
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