“Mi padre fue Ezequiel Castañeda, un campesino pobre, originario de la aldea llamada El Ojo de Agua”.
Rigoberto Juárez-Paz
El viernes pasado les ofrecí ilustrar algunas de las ideas filosóficas de Héctor-Neri Castañeda, pero he decidido no hacerlo, al menos en un medio masivo de comunicación social. Me pareció que el riesgo de que los lectores consideraran triviales sus tesis filosóficas, o meras cuestiones de palabras, era muy grande, ya que es razonable suponer que la mayoría de los lectores, de aquí y de cualquier parte del mundo hispánico, no conocen el desarrollo de la filosofía del siglo pasado, especialmente en el mundo anglo-norteamericano. Prefiero, pues, compartir opiniones suyas sobre su propia vida.
(Pero antes, en mi calidad de ciudadano, no puedo dejar de mencionar mi preocupación porque el actual Gobierno esté más interesado en poner de manifiesto la motivacion moral de las decisiones que toma que de los probables resultados de las medidas que adopta. Como bien lo sabemos, el pensamiento político, al igual que el pensamiento moral, es fundamentalmente pensamiento práctico.
Ello significa que se ha de juzgar básicamente por los resultados que su adopción produzca que no por la calidad moral de las intenciones o propósitos que los inspira. Este es un tema sobre el que he insistido durante muchos años y lo he bautizado como el “intencionalismo moral” que, en mi opinión, tanto ha contribuido al atraso social de la América Latina.
La prensa informó profusamente sobre que el Gobierno de la República implantaría el control de precios, pero al día siguiente, que “mejor siempre ya no”. Un grupo de personas que tienen mucho qué ver con lo que en el país se produce, convencieron a los personeros del Gobierno de que con esa medida solo lograrían arruinar más la situación económica del país, pues serviría fundamentalmente para acarrear escasez. Afortunadamente, se escuchó la voz de la rázon y se acalló la voz del corazón, que debería ser la norma a seguir por todos aquellos que pretendan gobernar a los demás).
“Mi padre”, escribe Héctor-Neri, fue Ezequiel Castañeda, un campesino pobre, originario de la entonces lejana aldea llamada El Ojo de Agua, de San Vicente, municipio de Cabañas, Zacapa.
Cuando Ezequiel llegó a San Vicente no tenía nada. Cuando lo conocí, tenía unas cuantas hectáreas de terreno regable. Para entonces ya había construido un rancho cerca del río San Vicente, a kilómetro y medio de la aldea. En sus mejores tiempos, unos veinte años después de que mi madre y sus hijos lo abandonaron, tuvo una huerta para consumo familiar. Después de algunas aventuras amorosas, se unió a una mujer más joven que él y tuvo cuatro hijas y dos hijos. Él esperaba mucho de los hijos varones pero los dos fueron asesinados cuando empezaban a vivir. La vida de mi padre, en su mayor parte, fue de escasa subsistencia. Murió de un segundo derrame cerebral, a los 82 años, en 1978.
“Mi madre, Sara Belarmina Calderón Paz, al igual que sus padres, nació en San Vicente, era la mayor de cuatro hijos, solamente 15 años y nueve meses mayor que yo. Mi abuela, Mercedes Paz de Calderón, pertenecía a una de las “mejores” familias de San Vicente. Ella y su esposo Martín Calderón llegaron a constituir una familia de cierta importancia en San Vicente. Parece que Martín leía… Mi abuela se había casado poco después de que su propio padre había sido asesinado. En 1923 encontró en Ezequiel Castañeda, mi padre, a alguien que podia defenderla; un hombre de 28 años que había llegado de otra aldea de Zacapa con su hermano Hermenegildo, huyendo de algo. Él iba de paso, pero su destino ya estaba decidido para asegurar la protección de la familia; mi abuela casó a su hija mayor, mi madre, que sólo tenía 15 años, con Ezequiel. Sara nunca perdonó a su madre por ese matrimonio.
Cuando yo tenía cuatro años, Sara y sus hijos abandonamos a Ezequiel y nos unimos el resto de la familia.
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