El título de esta columna, no tiene connotación peyorativa; más de una vez he calificado a los chapines trabajando en el extranjero, como auténticos héroes. Ellos dejan lo que más quieren; hijos, cónyuge, tierra y costumbres… no para conseguir “el sueño americano”, lo cual ya es inviable para un emigrante ilegal, sino para satisfacer las necesidades de supervivencia de los suyos, y/o acumular los suficiente para comprarse un picopito o construir una casita.
Un chapín… recientemente repatriado, a quien no conocía y quizá no volveré a ver, me contaba sus vicisitudes en la tierra del Tío Sam. Me relató como llegó hace seis años a Chicago, luego de cuatro intentos previos y después de un viaje que duraría 51 días insufribles; como fue asaltado en más de una ocasión por los coyotes, como tuvo que aguantar hambre y sed, además de sufrir una infección intestinal que casi lo mata. Finalmente logró establecerse, viviendo hacinado con otros 17 centroamericanos, en un apartamentucho con dos cuartos y un baño. El mayor problema –a partir de cuando se endurecieron las políticas de inmigración de EE.UU.– era guardar su dinero, pues los bancos requerían –al menos– dos documentos de identificación para abrir una cuenta bancaria.
La “solución” para él y sus compañeros, era adherirse al cuerpo, con maskin, en bolsas plásticas, lo que lograba ir ahorrando, aunque obviamente gran parte de los recursos los mandaba a su esposa y dos hijos que viven en el altiplano. En una ocasión fue objeto de un asalto por parte de los “caza mojados” quienes sabían de los “hábitos dinerarios corporales” de los ilegales… escapó con vida, aunque perdiendo sus ahorros de siete meses.
Hace cuatro años –me contó– los ilegales vieron los cielos abiertos, cuando llegó el documento denominado “Tarjeta Consular”, la cual –por sus características de seguridad– era aceptada por los bancos y les presentaba la gran oportunidad de abrir una cuenta bancaria… de modo que el riesgo de ahorrar en el cuerpo había terminado. La tarjeta consular contiene toda la información del portador, a excepción de su estatus migratorio y para el relator de la historia significó un gran apoyo lejos de su tierra. Volviendo a Guatemala, su historia no tuvo un final feliz; su esposa había formado otra familia y sus hijos tenían un nuevo hermanito; sus ahorros “para la casita” apenas le alcanzaron para comprar un Hilux 1985. Compartiendo esta historia con un amigo bien informado, me comentaba que la útil tarjeta consular está por desaparecer, pues la empresa que la emite; la misma que eficazmente emite nuestros pasaportes, está a punto de perder la concesión; pero no a través de una licitación transparente, sino por decreto, se le asignará –a dedo– a otra entidad que nadie conoce. Esperamos esto no se perpetre, pues socavaría la frágil credibilidad gubernamental, afectando además a nuestros inmigrantes.
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