Mis tres nietos están ahora en mi casa, me dijo. Somos pobres y no tengo espacio para recibir a mi hija y a mi yerno, que tuvieron que esconderse y dejar abandonada su pequeña venta de gas, negocio familiar que tuvieron en la colonia por más de una década.
El miércoles les pasaron dejando el celular para contestar las llamadas del extorsionador que, desde prisión, les pidió Q15 mil para el domingo o eliminarían a los cinco. Semanalmente, el hermano del preso pasa cobrando el “impuesto” que exigen a cada uno en la cuadra, pero pareciera que ahora la mara quiere poner su propia venta de gas porque aunque saben que apenas se ganan Q4 por tambo vendido, les exigieron una suma imposible de juntar, cuando se vive al día, comentó con tristeza.
Y la Policía, pregunté con ingenuidad. No hacen nada, me contestó. La mamá del que pasa cobrando las extorsiones le vende comida a la estación de Policía, mientras su hermana es reconocida vendedora de drogas en el sector. Y si los capturan salen al día siguiente y, entonces, seguro que nos matan.
Imagínese, enfatizó, perdieron todo y no tienen ni para pagar el colegio de sus hijos. Estamos fregados y no hay esperanza; yo ando en camioneta y tengo mucho miedo, concluyó. Una historia de innumerables más.
El Estado tiene la obligación de proteger vida, libertad y propiedad, pero pareciera brillar por su ausencia; no hay seguridad ni justicia. Aunque los buenos somos más, como decía un estribillo electoral, los malos parecieran estar ganando la partida.
Con un presupuesto de Q42.5 millardos, no habrá desarrollo ni paz si los impuestos no se usan prioritariamente en lo urgente y lo importante: seguridad y justicia; salud y educación. Si junto a las autoridades asumiéramos nuestra responsabilidad y concentráramos los impuestos y esfuerzos en garantizar la vida, la libertad y la propiedad, la tendencia podría revertirse.
Para el Gobierno esto implica efectividad (resultados medibles y socialmente constatables, más que discursos y propaganda), eficacia (hacer solo lo que le corresponde), eficiencia (sacando el máximo provecho de los escasos recursos disponibles, sin desperdicio ni despilfarros, haciendo más con menos), cero tolerancia (ni aprendices, ni incapaces, ni haraganes, ni corruptos), orden, trabajo y disciplina (más que planes en papel, estricto cumplimiento y férrea disciplina) e interlocución y disposición a escuchar (a quienes de verdad quieren ayudar). Ojalá haya esperanza.
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