Si algo es imprescindible por estos días, es no perderse la exposición de fotografías en el Museo Ixchell del legendario fotógrafo alemán Hans Namuth.
Rosina Cazali
Si algo es imprescindible por estos días, es no perderse la exposición de fotografías en el Museo Ixchell del legendario fotógrafo alemán Hans Namuth. Tomadas entre 1947 y 1987, en Todos Santos, Cuchumatanes; se trata de una serie de imágenes en blanco y negro que forman parte de su legado y de su saber como fotógrafo especializado en retratos. En medio de una exposición no muy bien montada, y en el marco de la típica visión del museo, que da mayor importancia a lo que usan las personas que a ellas mismas; existe la posibilidad de acercarse a este director de fotografía de películas que alcanzó la celebridad con sus retratos de pintores del expresionismo abstracto norteamericano, en especial los integrantes de la colonia establecida en Long Island, Nueva York.
En esa faceta es imposible pasar por alto la película que Namuth y Paul Falkenberg realizaron en torno a Jackson Pollock. Era un documental de apenas 10 minutos que retrataba a un Pollock desaforado, pintando con su clásico sistema de dripping sobre un enorme canvas. También sobre vidrios que, filmando a través de ellos, ayudaron a los realizadores a capturar los gestos abstractos del pintor. Antes que la película de Clouzot, El misterio de Picasso, que intentaba desentrañar con una técnica similar el genio del artista malagueño y poner al alcance de los espectadores la posibilidad de contemplar su manera de trabajar, la de Namuth y Falkenberg logró penetrar en un momento cuando la idea de artista genio comenzaba a desbaratarse. Con su documental se daba paso a la apreciación de los procesos y se desquebrajaban canones. En el accionismo de Pollock, por ejemplo, ya no se trataba de retratar a un pintor sino de dar la bienvenida a un accionismo conectado con el mundo de la performance.
Menos glamoroso pero igual de intenso, Todos Santos fue el lugar a donde Namuth regresó una y otra vez. La colección de retratos que integran el libro Los todos santeros, muestra una especie de compromiso silencioso con amistades tejidas por muchos años. Esta exposición en el Ixchell pudo ser rica, si se hubiera propuesto una relectura de la colección Namuth. Inserta en la tradición del fotógrafo extranjero que captura imágenes de los nativos, a lo Curtis, tienen mucho más que decir.
Los rostros son producto de una sociedad y de su historia. Son las miradas de personas que estaban a punto de ser testigos de una de las más monstruosas experiencias que cayeron sobre el altiplano guatemalteco en los ochenta. Son retratos de familias completas que más adelante fueron desmembradas por distintas razones. ¿Qué fue de ellos? ¿Cuántos sobrevivieron a la guerra? Lo que me gusta de la obra de Namuth es que deja ser a las personas. No hay esa rigidez del “indio retratado” que bajo el mandato del fotógrafo, es documentado para ser medido o analizado como objeto de estudio. Su acercamiento fue respetuoso. Producto de un diálogo –entre fotógrafo y fotografiado– envuelto en encantamientos de doble vía.
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