Cuántas noches de invierno me quedé dormido junto al libro...
Amable Sánchez Torres
Quizá porque mi padre –siempre un humilde campesino– había sido en su mocedad aficionado al escenario, había en mi casa cuatro o cinco obras de teatro, entre las cuales destacaba El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca. Con ella empecé a leer y en ella aprendí de memoria la sentencia de Pedro Crespo: “Al rey la hacienda y la vida / se han de dar, pero el honor/ es patrimonio del alma / y el alma solo es de Dios”. A esta se sumaban La fundación de Salamanca (sobre Santa Teresa), ¿Quién me compra un lío?, El soldado de San Marcial, Genoveva de Brabante, y una obrita en la que se escenificaba la huída de Santo Tomás de Aquino del castillo de Rocaseca. Entre ellas estaban también, La perla del hogar (sobre asuntos varios) y Cuentos para mi hijo.
Yo apreciaba estos libros como un tesoro. Los tenía en un cajón comprado a tía Raimunda, la estanquera, que había servido para transportar un tabaco de pésima calidad y olía apestosamente.
Igual olían mis libros. Algunos ya no tenían pastas, incluso ni títulos. A ellos añadí otros que compré yo mismo, de mi magro peculio, como Corazón de cristal, Don Juan de Serrallonga o el Idilio de Peporro. Llegado a la escuela y enterado el maestro de que me gustaba leer, me prestó Corazón (de Amicis), El campo, Lecciones de cosas y Rueda de espejos. En este descubrí algunos misterios de la naturaleza, y sobre todo varios poemas de Lorca y de Antonio Machado. Como no había llegado la televisión ni había más que dos o tres aparatos de radio –por los que se oían únicamente los noticieros y discursos de Franco, o las sevillanas, las soleares, las seguidillas o los fandanguillos de la Niña de los Peines, Lola Flores, Farina, Manolo Caracol, Antonio Molina, El Príncipe Gitano…, en el pueblo leíamos casi todos, y tal vez más que los jovencitos las personas mayores. Ejemplar era en este sentido el tío Alonso Pérez, que solía leer montado en una burra, mientras iba a traer una carga de leña o llevaba las vacas y las ovejas de un prado a otro. Hasta llegaba un tipo que nos vendía un libro por entregas o cuadernillos. Se trataba de una inacabable obra de bandidos, como los de Sierra Morena, cuyos nombres conocíamos sin titubear, y cuyos personajes eran para nosotros ejemplos de honradez, cortesía y audacia.
¡Cuántas noches de invierno me quedé dormido, a la mortecina luz de la bombilla, mientras leía en voz alta para todos los de la casa! Aquello era casi un rito. Así trasmitíamos y compartíamos anécdotas, vivencias, aventuras, conocimientos, emociones. Hoy, que a tantos parece producirles la lectura una insuperable alergia, sirva esta entrañable evocación para celebrar el Día del Libro y el aniversario de la muerte de Cervantes.
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2 comentarios:
Carlos Rodilla: (2008-09-12 16:48:22 horas)
He leído tu comentario en "El Periódico" de Guatemala. Me sorprende y me maravilla la historia que cuentas. Te diré que te he encontrado buscando el libro de La rueda de Espejos. Yo también la leí, en mi escuela nacional en Guijuelo, Salamanca, con siete-ocho años. Lo leí un montón de veces. Porque me gustaba, y porque mis padres nos hacían a mis hermanos y a mi leer de esa misma manera: todos a la noche despues de cenar leíamos un parrafo de un libro.
Así leímos la "Isla misteriosa" de Julio Verne, explicándonos, mis padres y mis hermanos, todos los inventos que iba desarrollando el protagonista en aquellas latitudes, sin medios, para sobrevivir.
¡Que recuerdos!
un abrazo de Carlos
Carlos E. Urrutia R.: (2008-04-23 09:18:34 horas)
El leer su comentario me llevó de regreso a mi propia infancia, y aunque mis circunstancias no fueron idénticas a las suyas, la vivencia con los libros lo fue gracias a la influencia de mis padres, también humildes trabajadores como orgullosamente proclama usted a los suyos. Su narrativa es tan agradable y lo conduce a uno al lugar tal como si lo estuviera viendo.
2 comentarios: