La creciente carestía y carencia de comida en la Tierra lleva a que mucha gente desespera-
da del tercer mundo proteste violentamente en disturbios. No es exactamente lo que José Ortega y Gasset tenía en mente en 1929 en su libro La rebelión de las masas, pero es una insurrección, y es de muchedumbres. Algunos temen que pueda resultar en una amenaza a la estabilidad política de algunas naciones.
Una compilación de reportes revela que desde 2007, disturbios por comida cara y escasa han ocurrido en 27 países en desarrollo, que continúan en 2008. De ellos, 17 son de África, 7 en Asia, 1 en el Caribe y 2 en América Latina. Los expertos no ven que a corto plazo la situación pueda mejorar, sino más bien empeorar.
Jacques Diouf, director de la Organización Mundial para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas, dice que ya 37 países están sufriendo una crisis de comida. Percibe más disturbios en el futuro: “antes que la gente se muera de hambre, van a reaccionar”. John Holmes, subsecretario general de asuntos humanitarios y de ayuda de emergencia de las NU, advirtió que el persistente encarecimiento de la comida “tiene implicaciones para la estabilidad política de las naciones.” De hecho, ante los desórdenes en Haití, el Primer Ministro renunció hace poco.
Los números son aterradores en cuanto a que su frialdad oculta la tremenda miseria humana que están causando. Para el maíz, en Estados Unidos el bushel terminó 2005 en US$2, 2007 en US$3.40, y la semana pasada llegó a US$6. En Asia, el arroz en 2007 aumentó su precio un 30 por ciento; desde enero, 50 por ciento más, y en lo que va de abril, 40 por ciento más. Mundialmente, el trigo más que se dobló en 2007, 115 por ciento. Según la FAO, el índice general de precios de los alimentos aumentó 40 por ciento en 2007 contra 9 por ciento en 2006; en 2007 los fertilizantes aumentaron 59 por ciento, los concentrados 62 por ciento, los aceites 50 por ciento, los lácteos 80 por ciento. Implacablemente, esto es combustible para una mayor inflación.
Esta devastación proviene de la conjunción extraordinaria, ahora globalizada, de varios factores de manera no vista en tiempos modernos. Es tal esa convergencia que el señor Holmes en NU la llamó “la tormenta perfecta”. Para empezar, el aumento desmesurado en el precio de los combustibles. Los países desarrollados buscando desesperadamente sustitutos a combustibles fósiles para mantener un consumo maniático de energía, fabrican biocombustibles a base de granos que ordinariamente serían comida. (El 30 por ciento de la producción de maíz de Estados Unidos va a producir etanol). El clima también contribuye y aquí quizá el peor caso es el de Australia, uno de los principales abastecedores de arroz de Asia (con Vietnam y Tailandia), que en seis años de sequía ha perdido el 98 por ciento de su producción.
¿Cuán pronto podrá salir la Tierra de este martirio y cómo? Después, ¿cuán cara seguirá siendo la comida? ¿Qué conviene a los países hacer mientras tanto? ¿Cómo no cometer errores que empeorarían la crisis en vez de aliviarla? ¿Cómo aplacar a las multitudes angustiadas? Si la crisis como parece ser, se mitiga principalmente con mayor producción de granos, ¿cómo lograrlo aceleradamente? ¿Cuánta de esa mitigación será neutralizada por los altos precios del petróleo que se podrían mantener ante un abastecimiento insuficiente de una demanda insaciable? ¿Qué hacer con los biocombustibles? A más largo plazo, ¿qué hace con los subsidios patrioteros a agricultores nacionales que desalientan la producción en otras partes? ¿Y con el calentamiento global que afecta el clima para la agricultura? Ya en Australia, muchos creen que esa es la causa de su sequía de seis años. Son tremendas cuestiones que reclaman mucha investigación y análisis.
Agregar comentario:
9 comentarios: