El próximo sábado 26, pasada la media noche, hará diez años que recibí una llamada por teléfono a través de la cual me informaban del asesinato de monseñor Gerardi. Por ese entonces, vivía en la zona 2 de la capital y llegué más corriendo que andando al lugar de los hechos. Casi nadie hablaba, la consternación invadía el ambiente, lo increíble había sucedido a escasos dos días después que en la Catedral, abarrotada de personas de diversos sectores sociales, habíamos escuchado las palabras entusiasmadas y proféticas de monseñor Juan Gerardi en la entrega del REMHI.
Pocos minutos después de llegar a San Sebastián, y a petición de personeros de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, decidí ir en busca de mi hermano a la zona 18 para que, con su cámara, captara esos momentos de dolor y las diferentes escenas del crimen. Me tocó tomar la lámpara y darle luz en donde indicara, mientras él realizaba su trabajo que posteriormente serviría al propio Ministerio Público. Lamentamos no haber enfocado a todos los presentes, pues entre ellos, según lo supimos después, había elementos del EMP que tenían que informar de las reacciones de los presentes.
El año pasado, el capitán Lima, condenado por su complicidad en el hecho, circuló un video con imágenes pirateadas de lo que hicimos, que colocó en una página de Internet, con una versión de los hechos, en donde hace una acusación velada contra mi persona. Cuatro veces me hace aparecer intencionalmente en el video, cuestionando maliciosamente el porqué de mi presencia. Ahora dice que presentará una película intentando descargar su responsabilidad en el brutal asesinato de monseñor Gerardi. Habrá que reparar en su intencionalidad de acusar a otros de un crimen cometido por especialistas del Estado Mayor Presidencial y de seguir protegiendo a los autores intelectuales que planificaron y dieron la orden de ejecución. Las evidencias de su complicidad en el crimen le costaron una condena y quién sabe cuánto cuesta su silencio para que no delate a los autores intelectuales. Solo el espíritu de cuerpo de una institución que apoya criminales puede explicarlo.
Desgraciadamente, las noticias dicen que está a punto de salir libre, hecho que representa una amenaza para quienes le condenaron y para quienes él cree que son los responsables de su desgracia. La justicia, a pesar de todo, ya ha dado su veredicto y eso es un gran avance en un sistema acostumbrado a mantener la impunidad de los asesinos del pueblo.
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