El magnicidio es una decisión trascendente. Surge y culmina como una operación conspirativa desde una cúpula de poder que así adquiere una doble vida: la legal y abierta, y la ilegal y oscura. Solo unos pocos tienen el dominio de todo el plan, sus significados y alcances. Han hecho un pacto de sangre de llevarse el secreto a la tumba. Ellos reparten los roles: recursos, vigilancia, ejecución, coartadas y, sobre todo, la operación psicológica de gran escala. Su importancia es crítica: si falla la conspiración se desmorona como castillo de naipes. Todo debe parecer lógico a simple vista, pero como ronda lo burdo obliga a una segunda lectura.
La muerte de Gerardi la decidieron al menos un año antes de ejecutarla. Incluyó un examen minucioso de su entorno y hábitos. Identificaron eslabones para sujetar factores de riesgo: chantaje familiar sobre el Presidente de la República (que se paraliza, volviéndose cómplice) y asuntos turbios de un sacerdote y un monseñor de la Iglesia católica. Sutilmente levantaron consensos entre las cabezas del Ejército y en los poderes fácticos civiles, claves por su afinidad. Estos sabían que algo iba a ocurrir pero no necesariamente cuándo ni cómo. Lo importante era que lo avalaran o fueran indiferentes. El amarre de esas cúpulas de poder es condición de impunidad.
El lunes 27 de abril de 1998, Guatemala despertó conmocionada. Ni en los años más demenciales de la violencia política asesinaron a un jerarca de la Iglesia. Se había firmado la paz. Al obispo Gerardi ya no le podían arrebatar el fruto de su obra monumental, el Remhi, una denuncia estremecedora sobre la violencia planificada desde el Estado y la guerrilla. Sin identificar un móvil concreto parecía, en efecto, una muerte absurda, con lo cual, poco a poco se filtraba el poderoso y maloliente caudal del rumor y lo innombrable. Son las tinieblas que descienden para que la conspiración respire.
El magnicidio debe tener chivos expiatorios, verdades a medias y medias verdades ocultas, que salen a cuentagotas, incluso después que los capos de la conspiración ya no están sobre la Tierra. La razón del magnicidio no es lo que el personaje (el blanco) hizo sino conjurar una supuesta amenaza, o riesgo, sobre todo si es simbólica. Por eso, comprender el sentido del magnicidio es entrar a la absurda lógica de la sociedad secreta que lo planifica: ese sótano donde se clavan las medallas y suben a su pedestal los capos reinantes.
Agregar comentario:
15 comentarios: