La asistencia médica gratuita es una necesidad, cuanto más en un país como el nuestro, donde las diferencias sociales son gigantescas y la condición real de ingresos de la mayoría una nada. La población apenas gana para sobrevivir. Los mismos médicos, salvo los más destacados o reconocidos, obtienen salarios míseros que ante una emergencia no les permitiría pagarse un tratamiento delicado. En los hospitales públicos se palpa la necesidad. La escasez de insumos y de personal provocaron en el pasado que se confundiera la función social de los centros hospitalarios, y se creó un sistema medias tintas de pago a medias, ya que se pedía a los pacientes cierto aporte ante la imposibilidad del Estado para cumplir, lo cual es inexplicable cuando se desbaratan los recursos en lujos, gastos publicitarios, viajes onerosos, armas que no se utilizan para la seguridad pública ni la defensa, aviones y caprichos de los funcionarios. Abrir la llave del pago es medio privatización y al mismo tiempo un recurso nefasto por cuanto facilita la corrupción. Aunque no lo crean, aquí hay médicos y enfermeras haciendo sus pequeños negocios en medio de la desgracia, en hospitales que repiten el clima urbano de nuestro país, donde hay hurtos en los corredores, amenazas, robos, violaciones a pacientes, y demás historias que se cuentan como una pesadilla. Creo, al respecto, que la decisión del actual Gobierno de prohibir los cobros en los hospitales es lo primero inteligente y correcto que emana de su administración.
La salud y la educación deben ser gratuitas y de altísimo nivel, porque de ello depende el futuro de la nación. La posesión de fortuna no puede ser la única posibilidad de salvación. Todos debiéramos tener acceso a la salud y al aprendizaje, para convertirnos en ciudadanos útiles, con posibilidades de vida y progreso. No hay trabajo para los enfermos ni para los ignorantes.
Curemos a los nuestros y eduquémoslos bien, o estaremos creando el deseo en los jóvenes de sumarse a las bandas de delincuentes, empujándolos a que opten por el camino fácil de la fortuna mal habida. Si para salvarse o progresar se necesita plata, habrá quienes secuestren sin sentimiento de culpa o se vendan como sicarios, o se añadan a las bandas que trafican con drogas ilegales.
Somos nosotros, el Estado, quienes obligamos a la gente a defenderse ante la adversidad.
El presupuesto para los hospitales no debiera discutirse, debe salir de donde sea, porque aquí sobran diputados, viceministros, gastos excesivos de representación de los funcionarios, viajes a diestra y siniestra, celulares con tiempo ilimitado, en un país donde los hospitales son miserables, se compran toneladas de medicinas que envejecen y se vencen en los almacenes mientras faltan las elementales, como parte de negocios turbios o ineficiencia de administradores mal preparados. Sanear los servicios públicos es un asunto de primera necesidad.
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